A manera de acosmismo (Parte dos)

A manera de acosmismo (Parte dos)

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La creencia muy extendida entre los cristianos de que Jesús abolió la poligamia es un error; esta fue abolida por los mismos judíos, quienes no permiten más que una mujer y respetan el matrimonio al igual que los cristianos. Otros hay que se imaginan que entre el mandamiento “no cometerás adulterio” y la poligamia hay contradicción, lo cual es otro error. El adulterio no puede cometerse más que con aquella que no es nuestra mujer y, si hay autorización para tener varias, no hay adulterio. Este se castiga entre los judíos con la pena de muerte.

La monarquía hebrea llegó a su apogeo bajo el reinado de Salomón. Si bien el inmenso poder que los historiadores judíos le dan en las Sagradas Escrituras, son pura obra de sus imaginaciones orientales, pues ni aun en los tiempos de su mayor poderío tuvo la nación judía una extensión mayor que la mitad de España.

Unida a esta antigua historia hebrea va una porción de sermones de individuos a quienes los judíos llaman profetas y que equivalen a los modernos predicadores cristianos. Las profecías de aquellos santos varones se reducían a decir que las costumbres estaban perdidas, que los hombres se hacían cada vez peores, que cuando menos lo esperasen iba a suceder alguna cosa, etcétera, etcétera.

Cualquier acontecimiento desgraciado lo atribuían a la cólera de los dioses; las profecías eran del calibre siguiente: cuando salía mal alguna guerra y los enemigos se aproximaban a Jerusalén, profetizaban que la cosa iba a andar mal y que Jehová había decretado que los enemigos asolasen al país y entrasen en Jerusalén en castigo de las maldades de sus habitantes. Afortunadamente, aquellos santos profetas no sabían ni jota sobre el infierno; de lo contrario, no habrían dejado de amenazar a los israelitas.

A todas estas cuestiones hay que añadir escritos del citado rey Salomón y de algunos otros, más o menos poéticos, más o menos filósofos y más o menos indecentes, porque las Sagradas Escrituras están sazonadas con tales obscenidades que su lectura es completamente imposible no solo a una soltera, tampoco a una casada que tenga algún pudor.

El conjunto de todo esto es lo que se llama el Antiguo Testamento. Por cierto, Ezequiel escribió cosas realmente pornográficas que, por supuesto, han sido borradas de la Biblia, ya no aparecen en recientes reediciones.

Los cristianos admitieron como divinos esta historia y estos escritos de los judíos y continuaron su redacción añadiendo los cuatro evangelios, o sea, las cuatro vidas de Jesús, compuestos por San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan, algunos escritos de San Pablo, San Juan y otros. Esta segunda parte, exclusivamente cristiana, que viene a constituir un quinto de las Escrituras, es la que se llama el Nuevo Testamento, que en unión del Antiguo forman la famosa Biblia de la que unos por ignorantes, otros por tontos o pretenciosos y no pocos por pillos hablan con tanta admiración.

Habiendo sido escrita la Biblia por innumerables personas, cada una de las cuales ha hecho decir a su Dios lo que le ha parecido bien, resulta que este se contradice a cada paso.

son responsables de sus acciones; puede probarse que Jesucristo era Dios y no lo era; que subió al cielo y no subió; que el Espíritu Santo es un Dios y que no lo es; que Dios es justo y que es injusto; que es bondadoso y que es cruel; que es bueno y que es malo; que es sabio y que es tonto; que es todopoderoso y que no lo es, etc., etc.

En las Escrituras consta que hay brujas y brujos y que hay hombres que pueden saber el porvenir sin ser profetas y pueden hacer milagros sin ser santos. Con ellas en la mano puede probarse que el papa católico romano es el anticristo y que sus sacerdotes son los demonios mientras estos, hace ya un siglo, aseguraban probar que el anticristo era Napoleón I.

Con las Escrituras Sagradas delante puede demostrarse que ni hay alma ni vida futura, buena ni mala; sin embargo, en las mismas se dice que Jesús hablaba de otra vida.

Con la Biblia puede atacarse y defenderse todas cuantas doctrinas pueden ocurrírseles a los hombres de cualquier clase que aquellas sean.

Fin.

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