A manera de acosmismo (Parte uno)

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La Biblia, o sea, las Sagradas Escrituras (advertencia, porque hay muchos que imaginan que son dos obras distintas), es simplemente la “historia antigua de la nación judía, hebrea o israelita”, a la que también se llama “el pueblo escogido”, “el pueblo de Israel” y “el pueblo de Dios”, pues con todos estos nombres se conoce al Dios de esta nación. Tiene en la Biblia el nombre de Jehová y es el mismo Dios que los cristianos creen que tomó cuerpo bajo la forma de Jesucristo, razón por la cual suele llamársele el Dios de Israel; también se le llama el Dios padre en la trinidad cristiana.

Moisés, que era israelita, fue el autor de la primera y principal parte de las Sagradas Escrituras y, en lugar de empezar su historia de la nación judía diciéndonos que se ignoraba su origen porque los pueblos, como las personas, no pueden acordarse de cuándo empezaron a existir, comienza nada menos que por la creación del mundo, o mejor dicho, del universo. Leamos qué especie de universo nos cuenta que hizo Jehová.

Una vez formado el mundo con todos sus animales, incluso hombres y mujeres, nos refieren las Sagradas Escrituras que Jehová hizo un hombre y una mujer de cuya relación debía de descender una nación especial que aquel Dios quería proteger y distinguir sobre las demás naciones de la Tierra. Esta nación o este pueblo es el judío, siendo esta razón por la que se le llama en la Biblia “el pueblo escogido de Dios”. De los exclusivos descendientes de este hombre y esta mujer, expresamente formados por la propia mano de Jehová, y a quienes puso los nombres de Adán y Eva, es de los que Moisés nos dice en las Sagradas Escrituras que salió el pueblo hebreo, que era el suyo.

De no haber existido más que Adán y Eva, los hijos de estos habrían tenido que tomar por mujeres a sus propias hermanas, cosa prohibida por su mismo Dios en las Escrituras (Levítico, 20, 17). Los hijos de Adán y Eva tomaron por esposas a mujeres de los pueblos que descendían de los otros hombres y mujeres creados anteriormente por Jehová y a las que la Biblia llama “las hijas de los hombres”, quienes, por el mero hecho de unirse a los hijos de Adán, quedaban incluidas en el pueblo escogido y pasaban por ser “las hijas de Dios”. Esto es precisamente lo que sucede todavía entre los israelitas que conservan el culto primitivo en toda su pureza.

En todos los pueblos de origen muy antiguo existe el recuerdo de una gran inundación que hizo perecer ahogados a la mayor parte de los hombres. Aquello consistió en un horrible terremoto en el que, hundiéndose la tierra por unos lados y levantándose por otros, hizo que los mares cambiasen de sitio derramándose sobre los continentes y haciendo desaparecer bajo el agua a países enteros. Esto lo vemos reproducirse continuamente, aunque en menor escala, y en el año 1883 un ejemplo es el terremoto de Java, en el que se han hundido en el mar montañas enteras mientras que en otras partes la fuerza del fuego y los gases interiores han levantado el fondo de los mismos formando nuevas islas y arrojando el agua sobre otros puntos causando estos trastornos la muerte de muchas miles de personas y la desaparición completa de varias poblaciones.

Según Moisés, lo que se llama el diluvio no consistió en un temblor, sino en lo siguiente: los hombres se habían vuelto tan malos que Jehová se arrepintió de haberlos creado; palabras textuales en Génesis, 6, 6-7. No pudiendo hacerlos mejores y no siéndole posible castigarlos de otro modo, pues tanto Jehová como Moisés no sabían una palabra del infierno, determinaron ahogar no solo a los hombres, sino hasta a los animales. Con este objetivo, Jehová no se contentó ya con abrir las compuertas del cielo, como cuando quería hacer llover, sino que “fueron rotas todas las fuentes del abismo y las cataratas de los cielos fueron abiertas” (Génesis, 7, 11) dejando correr el agua sobre los desdichados hombres y animales, los cuales, encerrados entre la media naranja sólida de arriba y la tierra plana debajo, quedaron ahogados como ratones en trampa. Como Moisés escribió varios años después de ocurrido todo esto, pudo despacharse a su gusto. El padre Scío trata de disculpar esta atrocidad de Jehová asegurándonos que todos los hombres (menos Noé y su familia) eran unos malvados; suponemos que los niños de pecho eran unos malvados execrables. Lo peor del caso es que los hombres fueron, después del diluvio, tan malos como antes.

El reverendo padre Scío quiso justificar las contradicciones y absurdos de la Biblia, dijo que Jehová permitía la poligamia con el objetivo de que aumentase rápidamente la población, pero a este sabio doctor de la Iglesia se le olvidó notar que, siendo las mujeres poco más o menos tantas como los hombres, si uno tomaba dos mujeres, otro tenía que quedarse sin ninguna. Además, si ese dios-hombre de la Iglesia es omnipotente, le habría bastado una palabra para crear todos los millones de seres humanos que le hubiese dado la gana. Fin.

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