¿A quién creerle?

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En el rol de periodista, así me dijeron en la escuela, se atiende lo que informa “la fuente oficial”. Es cierto, el profesor nunca se refirió a que esa información fuera la verdad. Pero insistía tanto que parecía que así lo fuera. Con el paso del tiempo y la práctica del ejercicio uno aprende a contrastar esa “información oficial” con otras fuentes, tal vez no oficiales, pero también profesionales. En aquellos años (hace muchos) el país estaba en manos del PRI. No se puede describir como dictadura porque no era un gobierno militar, pero sí había un control de los medios de comunicación.

Comenzaba, por ejemplo, canal 13 de televisión bajo la dirección del Gobierno federal y se crearon organismos estatales de radio, también bajo la tutela de cada gobierno. Se entendió que el Estado estaba dispuesto a ofrecer y reforzar su información, frente a lo que comunicaban entes empresariales. La desventaja de este tipo de organismos es que no podían –de acuerdo a la ley– vender publicidad. El recurso provenía del Gobierno federal o estatal y es (era) oneroso. Luego vendieron canal 13. En términos de credibilidad el gobierno perdía. Su veracidad era contrastada con la realidad. Era de tal magnitud su pérdida de confianza que vox populi entendía el mensaje en forma negativa. Por ejemplo, si el gobierno decía el peso está más fuerte, ya sabían de una próxima devaluación.

En tiempos actuales el gobierno paga su publicidad. Y presiona a los dueños de medios para que despidan a comunicadores que realizan críticas. No es dictadura, pero es algo parecido a lo que ya vivimos y aquí he relatado de manera sucinta. En esta pandemia, nos dijo la fuente oficial, habrá un técnico o científico; los políticos nos hacemos a un lado. Y el técnico o científico cayó en contradicciones. Desde la aplicación de pruebas, pasando por el cubrebocas, hasta llegar a los niveles de contagio. Algunos comunicadores contrastaron “esa información oficial” con otros especialistas. Como sociedad nos insistieron casi todas las voces de medios de comunicación a “hacerle caso a las autoridades federales”.

El presidente, por su parte, hizo y hace lo contrario a las recomendaciones “de quien fue nombrado vocero del comportamiento del virus”. Ya para terminar la última prueba, decretaron cambio de color en semáforo de rojo a naranja. Por su lado, el vocero anuncia: “Estamos en lo más alto del pico de la pandemia”; por su parte, el presidente lo refuta, otra vez, con la frase “ya está controlada la situación”. La contradicción proviene desde quien gobierna. Desde allí viene la confusión. Efectivamente, no estamos abiertamente en una dictadura, de ser así, millones de personas harían lo que pone de ejemplo el presidente. Porque nos receta “No pasa nada”. Cuando otros organismos internacionales indican que hemos escalado al quinto sitio de ser el país con mayor número de contagios.

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