¿El aeropuerto? ¡Una cortina de humo!

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Según el diccionario, una cortina de humo consiste en el diseño de una estrategia con la que se pretende ocultar las verdaderas intenciones de un proyecto político o bien en el deseo de desviar la atención del público para impedirle saber o ver una realidad inconveniente de cara a los gobernados.

La afirmación anterior resulta inevitable ante la enorme efervescencia nacional que se ha producido como consecuencia de la construcción del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, la obra de infraestructura más importante en la historia de la ingeniería mexicana de todos los tiempos. A pesar de que el centro aéreo resultará un gran negocio tanto para el gobierno como para los inversionistas, todavía se cuestiona en términos absurdos y demagógicos la posibilidad de continuar o no con su edificación, en la inteligencia de que, cuando concluya su edificación, los mexicanos contaremos con un eficiente y poderoso detonador de la economía nacional.

Ante las evidencias incontestables, resulta curioso y paradójico que un proyecto tan generoso, que habrá de reportar inmensos beneficios a la sociedad mexicana en todos sus niveles, sea cuestionado con pretextos ingrávidos o hasta inconfesables, tal vez con el propósito de distraer a la opinión pública de los temas que verdaderamente le importan al electorado que elevó López Obrador a la máxima responsabilidad de la nación.

La rentabilidad del aeropuerto es incuestionable en la inteligencia de que tampoco se requiere del finacimiento público para concluir de la obra. La expansión turística también es incuestionable, como lo es el gran negocio de la carga de beneficios incalculables. Sobre esta base, ¿cuál puede ser la razón de proponer una consulta popular que, además de ilegal, constituye todo un atentado en contra de la inteligencia de la nación?

¿No hubiera sido mucho mejor, a lo largo de este interminable interregno que va del 1 de julio al 1 de diciembre de este año, haber dedicado esos cinco meses a la construcción de acuerdos y a llevar a cabo los amarres necesarios para continuar con gran eficiencia todo un proyecto social, jurídico, financiero y económico orientado a la creación de empleos y al saneamiento de los aparatos de impartición de justicia?

En lugar de acondicionar exitosamente una densa cortina de humo para distraer a la opinión pública con la construcción de un aeropuerto en Santa Lucía y desperdiciar miles de millones de pesos al abandonar irresponsablemente la obra actual, a la nación le hubiera convenido que AMLO nos explicara finalmente cómo erradicará la corrupción, ese terrible cáncer que devora a México por todos los costados y que consume las más caras energías con las que se podría construir un México mejor. La declaración de López Obrador, en el sentido de que a su llegada al poder, el próximo 1 de diciembre, la corrupción desaparecerá como por arte de magia, no solo no tranquiliza al electorado, sino todo lo contrario, lo enerva la ausencia de definiciones al no saber cómo se atacará uno de los principales problemas que irritan, enfurecen o deprimen a la sociedad mexicana, saqueada impúnemente por una o unas pandillas de bandidos. ¡Qué sentimiento tan gratificante hubiéramos experimentado los doloridos gobernados si se nos hubiera presentado un plan para purgar al sector público de presupuestívoros, en lugar de que López Obrador insistiera en nombrar a un fiscal carnal a modo, desvinculado de los deseos superiores de la sociedad!

En lugar de la densa cortina de humo y viajar por la República para agradecer el voto popular, mejor presentar el plan tan esperado y deseado para, si no acabar con la inseguridad y la violencia, por lo menos disminuir agresivamente los alarmantes índices de criminalidad que aterran a la nación y espantan a la inversión proveniente de todas las latitudes. Que el Ejército y la Marina a las calles, no; que el Ejército y la Marina a las calles, sí; que la guardia nacional, sí, y que la guardia nacional, siempre no. ¡Basta! ¿Dónde están las estrategias para reducir los delitos y cambiar los sistemas punitivos junto con las escuelas de derecho? ¿Qué tiene que ver el aeropuerto con la erradicación de violencia? ¿Las amnistías acabarán con los narcotraficantes y estos se convertirán, otra vez, como por arte de magia, en carmelitas descalzas dedicadas a aprender cómo hacer el tejido de punto en el convento?

En lugar de viajar por la República para agradecer el voto popular y cancelar algunos foros de la paz, era mejor, mucho mejor, conocer un plan eficiente y progresista para erradicar la desigualdad y la pobreza sin caer en el histórico error económico de recurrir al regalo de dinero, estrategia que en el mundo entero y en México ha creado parásitos y cínicos especialmente hábiles para estirar la mano sin producir ni sumar absolutamente nada al PIB.

En lugar de la densa cortina de humo y viajar por la República, nos hubiera encantado conocer la estrategia diplomática que se instrumentará para enfrentarnos al peleador callejero que vive en la Casa Blanca. Buena, excelente idea, la de llevar a cabo un Plan Marshall centroamericano, pero queremos más, mucho más, que un debate o una consulta popular para detener o no una obra que representará enormes beneficios a México.

Es hora de cancelar la cortina de humo, de viajar por el país para dar las gracias y de abrir de nueva cuenta los foros de la paz y demostrar los tamaños de estadista que debe exhibir López Obrador para terminar con la corrupción, la violencia, la inseguridad, la desigualdad y la pobreza. 18 años de lucha por el poder deben implicar la existencia de sesudos planes para cambiar el rostro de México, en lugar de distraer a la nación con un aeropuerto que creará decenas de miles de empleos, generará prosperidad, ampliará la oferta turística y comercial en beneficio de la sociedad.

No más cortinas de humo… ¡resultados!

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