Carranza y Obregón

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La historia no lo olvida, dice el maestro Arredondo Muñozledo. Hagamos memoria: cuando el llamado —por sus aduladores— Varón de Cuatrociénegas se propuso que ni Obregón ni ningún militar sería presidente de la República, sino un civil, Carranza se sacó de la manga a un tal ingeniero Ignacio Bonillas.

 

Álvaro Obregón, sin hacer el menor caso a Carranza, lanzó su candidatura el primero de junio de 1919 en Nogales, Sonora, iniciándola con la misma celeridad con la que realizara sus compañas militares.

 

Carranza desvía sus buenos propósitos con más arrebato; envió sus tropas a Sinaloa y Sonora y ¡pácatelas!, que le da el pretexto a Obregón y a sus correligionarios para levantarse en armas. El 23 de abril de 1920 se lanza el Plan de Agua Prieta, en el que se acusa al presidente de violar la Constitución, de anular los propósitos de la Revolución e imponer por la fuerza a un desconocido como Bonillas.

 

En franca decadencia, Carranza huye de la capital con rumbo al puerto de Veracruz, pero, entre otras cosas —como si fuera priista—, con todo el dinero de la tesorería y en Tlaxcalantongo, el 21 de mayo de 1920, en plena lluvia y cuando dormía plácidamente, un tal Rodolfo Herrero lo asesinó.

 

El siguiente día, 24, el Congreso de la Unión nombra a don Adolfo de la Huerta como presidente provisional para concluir el periodo de Carranza. El 5 de septiembre de 1920, tras breve campaña, triunfa Álvaro Obregón, quien toma posesión de su cargo el 1 de diciembre de ese año. ¡Aquí es cuando se le arma a la Iglesia!

 

Durante los cuatro años del gobierno de Obregón destacan cuatro puntos importantes: la dotación de tierras a los campesinos, el gran impulso a la enseñanza, el arreglo de las deudas con los gringos y el intento por aplicar las Leyes de Reforma a las congregaciones religiosas.

 

Todos lo recordamos, tratando de cumplir tanto con la Constitución como con las Leyes de Reforma, el presidente Obregón encontró gran resistencia con las gentes humildes e ignorantes para que entendieran que las ceremonias religiosas deberían celebrarse precisamente en el interior de los templos y no en la vía pública

 

En México, tanto en la capital como en las ciudades de los estados, eran frecuente las procesiones con la correspondiente imagen ‘sagrada y milagrosa’ y los sacerdotes desfilando por las calles (¿dónde estás, Obregón?). El Gobierno quiso enseñarles a los ‘fieles’ que esa clase de actos estaban prohibidos tanto por la Constitución como por las Leyes de Reforma. Obregón tuvo que dictar medidas enérgicas en los casos de violaciones manifiestas.

 

Como era de esperarse, dada la amistad entre Obregón y don Plutarco, este, Plutarco Elías Calles, asume la Presidencia el 1 de diciembre de 1924. El presidente continuó exigiéndole al alto clero el respeto a nuestras leyes.

 

En febrero del 26, el cura mayor, el arzobispo Mora y del Río, declaró públicamente que el clero no reconocería y combatiría desde el púlpito los artículos 3.º, 5.º, 27 y 130 de la Constitución. (Recientemente, todos lo sabemos, un gobierno ‘neoliberal’ estableció ‘relaciones diplomáticas’ con los curas vía Vaticano, lo que le ha dado a los religiosos libertades para intervenir en asuntos civiles y terrenales).

 

Calles decretó una advertencia de multas y penas a quienes incurrieran en violaciones a la Carta Magna. La respuesta del clero fue la suspensión de cultos en los templos de la República el 25 de julio de 1926.

 

Algunos retrógradas, reaccionarios, estultos e ignaros fanáticos del demonio, incluidos curas, en los Altos de Jalisco, en Guanajuato y en Michoacán, tomaron las armas para ‘matar gobiernistas’ ¡en nombre de Cristo! De aquí que les apodaron los cristeros, cuyo más aberrante y abominable crimen fue el cometido contra un tren con 220 pasajeros.

 

Fin.

 

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