Chantaje a dos meses del Brexit

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La primera ministra británica Theresa May hace política de veinticuatro horas salvando su pellejo a causa de prolongar el desahucio del Brexit y la agonía de la Unión Europea (UE), que desea huir de ese infierno para centrarse en sus problemas inminentes este 2019.

Y no es que el Brexit y la salida de los británicos del cónclave europeo no sea suficiente desafío, pero este es un año delicado electoralmente hablando para renovar las fichas del Parlamento Europeo, que esta vez se supone ya sin asientos británicos.

La forma de resolver los problemas internos en Reino Unido es de total suplicio, desatan una agonía histérica, no hacen otra cosa más que enquistar los problemas; se habla y habla, día tras día, en discusiones estériles que no hacen más que sangrar todavía más la herida.

La herida del divorcio del Brexit con la UE es fiel reflejo de esas visiones equidistantes que toda la vida han predominado entre los europeos, lo que estamos atestiguando no es nada nuevo. May quiere ganar por agotamiento y terminar imponiendo por hartazgo sus condiciones al Consejo Europeo, a la Comisión Europea y al resto de los 27 países miembros que deben dar su visto bueno.

A eso le añadimos la desconfianza inherente al pellejo de los ingleses, no se fían de nadie, lo que me trae a colación los largos meses que se prolongó la Segunda Guerra Mundial con el consecuente sufrimiento de la población civil europea y en otras partes del mundo involucradas en el conflicto debido al enorme recelo de Sir Winston Churchill hacia Joseph Stalin; si el primer ministro británico hubiese creído más en el ruso, probablemente la guerra habría terminado antes.

Nuevamente lo estamos atestiguando, arrastrando más de dos años después una ruptura que está a punto de consumarse, sin un acuerdo aprobado en Westminster, lo que sería un desastre hacia afuera y hacia adentro de Reino Unido.

No sé si no lo visionan, pero irse sin una negociación consensuada implicaría no nada más regresar a las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), sino también que lo escoceses resucitasen su ímpetu separatista y peor aún, regresarían los fantasmas entre los irlandeses que tras muchos años de confrontaciones, víctimas y dolor, decidieron perdonarse y mirar hacia el futuro. Exorcizaron sus demonios para creer en la Unión Europea como símbolo y garantía de la paz y de la libertad.

El meollo es que la negociación del Brexit no tiene rumbo, la premier británica sobrevive en el corto plazo, no avizora el mediano ni el largo plazo carece de estatura de estadista. Es una liquidadora de un contrato y punto. Quiere obcecadamente cumplir con el cometido.

A COLACIÓN

Otro largo debate en Westminster, esta vez se votaron nueve enmiendas al acuerdo del Brexit presentado por la primera ministra May a principios de enero y rechazado tajantemente por la Cámara de los Comunes.

Entre lo más importante tenemos tres enmiendas torales: la primera, faculta a May a que regrese a Bruselas para tratar de renegociar el acuerdo buscando condiciones más favorables y mayor claridad, al menos en lo que refiere al famoso backstop, que es la salvaguarda para evitar una frontera dura con Irlanda del Norte y la UE; la segunda, salió derrotada y eso que dos parlamentarios la presentaron de diferente forma pero persiguiendo la misma finalidad: que si no hay un acuerdo de ruptura, entonces que el artículo 50 se prolongue y no sea activado el 29 de marzo de 2019 a las 23:00 horas, sino que tenga una prorroga hasta julio o bien hasta septiembre en busca precisamente de evitar irse sin una negociación previa, y la tercera, rechaza un Brexit sin acuerdo.

Es decir, que ahora May irá a Bruselas nuevamente con la pelota caliente para dejársela en su tejado esperando vencerlos por cansancio o bien por premura, porque está el tema electoral.

La premier volverá a Westminster el 13 de febrero próximo; espera hacerlo con noticias favorables contando con un aval de Bruselas para ceder ante sus propuestas.

Honestamente, no sé bien a bien si Europa consumará dentro de dos meses el divorcio con un acuerdo atado entre ambas partes. Lo digo porque ayer mismo no nada más las cabezas que lideran al gobierno de la UE declararon que “no van a renegociar”, igualmente lo hicieron otros mandatarios, como el presidente galo Emmanuel Macron, quien insistió en que “el acuerdo alcanzado no es renegociable”.

¿Quién pierde más si la salida es dura y por las bravas? Para mí, como economista, pierde Reino Unido aunque esté dentro de las 10 economías más importantes del mundo; su arrogancia terminará pasándole factura tarde o temprano. Quedará “un paisito”, dijo el escritor Mario Vargas Llosa.

 

 

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