Coronavirus, lágrimas y pañuelos

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La frase la leí en un post del muro de Facebook de la profesora Flor de María Román Palacios: “Mientras unos lloran, otros venden pañuelos”, más claro no pudo haberse dicho en las reacciones que se dieron durante esta emergencia por la enfermedad infecciosa del COVID- 19, y uno podía apreciarlo en las pocas ocasiones que se tuvo que salir a la calle por razones domésticas, se veían en varios puntos de la ciudad a vendedores de cubrebocas, caretas o gorras adaptadas con caretas, el naciente servicio de entrega a domicilio, todo una transformación comercial.
Hasta el momento aunque sea permisible salir de las casas y se hayan restablecido algunas actividades, el riesgo no se ha disminuido, muy por el contrario, se ha incrementado; y la probable “normalidad” tal como la conocemos se aleja cada vez más en el muy, pero muy pasado lejano. Quienes sobrevivan lo harán por su capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias.

En el regreso a la “nueva normalidad” ni seremos los mismos, por la cantidad de personas que se fueron por el COVID- 19 o algunas de las enfermedades que agudizaron su situación de salud, ni debemos ser los mismos por nuestras habilidades. Todos los procesos tuvieron cambios y todos tuvimos procesos de reconversión, rápida, obvia y urgente; quienes salgan de la pandemia tal como entraron estarán en un desfase generacional, tengan la edad que tengan; es decir, entraron llorando y salieron llorando, cuando pudieron vender pañuelos.
La frase y la imagen de personas vendiendo cubrebocas en la calle demuestra el carácter emprendedor y de reconversión que tiene toda crisis, hay quienes pudieron aprovechar y quienes se echaron a llorar; hay quienes vieron en la crisis una oportunidad para mostrar su creatividad, y hay quienes la vieron como una oportunidad de seguir en lo mismo, pedir dinero.

Los procesos de reconversión implicaron variados tipos de esfuerzos pero una sola actitud, de incorporarse a aprender nuevas habilidades que van a requerir los nuevos tiempos y la nueva normalidad. Estas habilidades se manifestaron en la creatividad para la elaboración de los artefactos –mascarillas, caretas–, de servicios –mensajería y entrega a domicilio–, tecnológicas –mayor uso de plataformas de Internet para la atención, comunicación e interacción–, en fin, toda una gama de nuevos aprendizajes que se tuvieron que adquirir en uno o dos meses.
Todo proceso de desarrollo y de evolución tiene efectos colaterales de exclusión por aptitud o por actitud, pero la peor es esta última, la falta de disposición tuvo mucho que ver con el cúmulo de información compartida que tenía que ver con la descreencia en torno a la enfermedad y continuaron el ritmo de vida como si nada ocurriera, la realización de fiestas y reuniones sociales y deportivas, la falta de precauciones necesarias para no contagiarse ni ser focos de contagios; que a pesar de tener conectividad y disponibilidad de información confiable se les hizo más fácil difundir información nociva, como las ideas de que en los hospitales mataban, de que sacaban el líquido de las rodillas, que los termómetros para medir la temperatura corporal son para matar las neuronas o los oxímetros para robar las huellas dactilares; esa gente se quedó en la época de las cavernas, aunque convivan con la tecnología más avanzada.
Si fueron incapaces de entender los nuevos tiempos y crear una nueva forma de vida personal, adaptada en los nuevos tiempos, serán completamente ineficaces de entender que se requieren de nuevas habilidades y formas de interacción y relacionarse social y económicamente.
Las revoluciones sociales no cambian todo de la noche a la mañana, a tabla rasa, pero son significativos y paulatinos, quienes no se vayan adaptando van quedando fuera del desarrollo. Por ejemplo, Ned Ludd, el personaje inexistente del luddismo, fue creado por los trabajadores que destruían las máquinas porque los estaban desplazando de sus labores, y finalmente fueron desplazados porque no se adaptaron al aprendizaje… ejemplo de esos hay muchos, la mayoría han sido lentos pero efectivos, las telefonistas desaparecieron en la medida de que el uso del teléfono celular y los call center computarizados se fueron expandiendo.
Así en esta crisis, que algunos vieron como una oportunidad de negocios, se mostraron las dos caras, al final de cuentas las que se ven con el llanto serán las que van a continuar comprando pañuelos y la de aquellos que vendan los pañuelos. Unos quedarán fuera, a la larga, y otros encontrarán nuevas cosas para vender…

 

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