Crónica de un paraíso

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Trópico de flora y fauna, ¡se llama Acapulco!, un trópico de natural atracción, con bahía admirable de contemplación. De origen persa, la palabra paraíso, el jardín del Edén, del hebreo, que significa deleite. El disfrute de abundante agua marina, con la agobiante escasez de agua potable o de ríos secos. En crítica escasez de agua, un sediento con palabras de Jesús a la samaritana: ¡dame de beber! Únicamente el salvador de su pueblo, Jesús, hizo que brotara agua de la roca en medio del desierto.

El clima y paisaje son atracción turística de un puerto, un paraíso terrenal, según el Antiguo Testamento. El Nuevo refiere “el lugar de Abraham”, el patriarca bíblico. El puerto semeja un paraíso, designado parque con variedad de fauna y flora terrestre. Un Parque Papagayo cercano a Palacio Municipal con la presidenta Adela Román Ocampo, quien al dar el banderazo oficial del operativo vacacional Semana Santa 2019, dijo que Acapulco “será vigilado por mar, tierra y aire” para garantizar la seguridad de los visitantes y residentes en ciudad y puerto.

Semana Santa, la última de la Cuaresma, desde el Domingo de Ramos hasta el de Resurrección. Un Domingo de Ramos, conmemorativo a la entrada de Jesús a Jerusalén montado en un asno. La bendición de las palmas en iglesias trae a colación al campechano Justo Sierra, hijo del yucateco Justo Sierra O´Reilly, poética “Playera”: “Enlazaremos a las palmeras la suave hamaca y en su vaivén las horas tristes irán ligeras y sueños de oro vendrán también”. El sol destella oro sobre aguas marinas y en extensa playa se hamacan turistas y locales que disfrutan el trópico.

En el Evangelio de Mateo, “Jesús anda sobre el mar” con sus discípulos en barca azotada por las olas. El ondulado movimiento del oleaje mueve embarcaciones cercanas al muelle o franja de arena, mientras otros se embarcan en paseo o hacia otro destino. Acapulco tiene una gran riqueza natural. En leyenda, la del tesoro de la avaricia, con frase de Hernán Cortés: “padecemos una enfermedad que solamente se cura con el oro”. Por ambición, Judas Iscariote, por treinta monedas de plata, entregó a Jesús. En trópico, el loro papagayo, del onomatopéyico canto, se llenó de espanto a mirar a Jesús en tormento despiadado. Jesús perdonó a sus verdugos, citemos de él palabras: “amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os odian y orad por los que os desprecian y os persiguen”.

A Jesús lo persiguieron y lo condenaron a ser crucificado. El procurador romano Poncio Pilatos, después de haberse lavado las manos de la sangre del inocente (Cristo), pronunció la terrible condena: “condemno ibis in crucem”. Una muchedumbre impaciente se agolpaba hacia el Gólgota, siniestro desierto consagrado en siglos, antes de Jesucristo, a los suplicios más horribles. Se padece en regiones terrestres el suplicio o Calvario, lugar donde Jesús fue crucificado, también con definición, la palabra calvario —del vía crucis— como un sufrimiento prolongado. Me inspira de Agustín Lara Aguirre y Pino su mística composición sentimental “Santa”: “Santa, santa mía… sé mi guía en el triste calvario de vivir”.

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