Crónica del mendicante

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Con las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, por un viacrucis prolongado de sufrimientos. Con la confianza en lo mejor que se desea, que no se pierda la esperanza como frase en “Coloquio sentimental”, del francés Paul Verlaine: “Ha huido la esperanza vencida…al negro cielo”. Esto, por la oscuridad existencial. La que se pierde y no se ve ni con lupa, es la caridad, definida como “amor a Dios” y “amparo al necesitado o desvalido”. La caridad se extravía en calle del desamparo.

En una subsistencia muy precaria que llena de tristeza y llanto, familias desean que la pobreza salga de sus hogares. Sólo el nayarita Amado Nervo la invitó a pasar: “¡Oh santa pobreza…ven, entra a mi pieza, tiempo ha no te vía…!” Así lo escribió el poeta. Y los contrastes de luz y sombras, riqueza y pobreza, con la mendicidad ambulante o fija en esquina o calle en un puerto considerado por su natural belleza un “paraíso” que describe en su canto el italiano Dante Alighieri, alusivo al centro de oro de una eterna rosa que exhala un perfume sutil de alabanza al Sol que nace, para concluir, Dante, “Beatriz me llama”.

Y por la necesidad de alimento que se hace patente en el rostro, ¡perra hambre”, un taquero en calle del Centro del puerto, grita: “¡Tacos, joven!” Sonrío, y se me quitan las ganas de comer, no los años que pasan de uno en uno como los transeúntes por la calle Mina. Y de súbito recuerdo relato del ruso Iván Turguenev, “El pobre”, sobre un desvalido anciano que extiende la mano a un transeúnte implorándole caridad, y que se busca en bolsillos sin encontrar nada de valor, y sólo acertó a estrecharle la mano temblorosa al anciano que también le correspondió con otro apretón, y con la comprensión:” “Bien, hermano, esto- el apretón de manos- también es caridad”.

Las tres virtudes teologales, con el simbólico número TRES que tiene mayor importancia cuando se cita 359 veces en el Antiguo y Nuevo Testamento. De la fe, esperanza y caridad, en tiempo muy crítico, con aumento de los que imploran por necesidad la caridad escasa, sea por tacaño, o por no llevar un centavo el transeúnte. Unos tienen el oro, otros ni un loro para comerlo. El poeta nicaragüense Rubén Darío, inmortal, con “La canción del oro”, sobre aventura de un pobre errante por “la calle de los palacios”, donde extrae del bolsillo un pan que come, y lanzar al viento su himno: “¡Cantemos el oro!”. El que lo tenga. Y quién declamaría del autor de “Suave patria”, que es amarga, Ramón López Velarde: “Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma de todos los voraces ayunos pordioseros. Recordemos que el autor de “Los miserables”, Víctor Hugo que tocó la sensibilidad humana, escribió sobre los mendigos que en época lejana vivían en los barrios de París, a donde retornaban después de mendigar en las calles: Los “ciegos” recuperaban la vista, y los “mudos” chalaban hasta por los codos. Famosa “La corte de los milagros”.

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