Crónica: Dios nunca muere

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En un mundo de lo insólito, de lo raro e intenso mal que ocurre por letal coronavirus; un mundo raro por los cubrebocas, caretas y lentes con aspecto misterioso, más protectores contra epidemiológico virus. Un misterio insondable cuando realmente se ignora que vacuna será la inmunizante para el COVID-19. Vacuna que, según, el controvertido presidente de Estados Unidos, el republicano Donald Trump, “estará lista antes de las elecciones presidenciales”, en noviembre, del fatal año de 2020. Trump busca reelegirse y recurre a la artimaña que define trampa, engaño y astucia, para ganarle al demócrata Joe Biden.

 

Con el brote supuesto en China, y los continuados y prolongados rebrotes en regiones terrestres, la cifra más alarmante de millones de muertos en el caótico mundo, por el mortal coronavirus. Mortales, temerosos y afligidos, desean una vacuna efectiva para enfermedad microbiana que mantiene su poder patógeno. La suma o cantidad elevada de contagios y fallecimientos, con el dolor moral de familias, y la inquietud y la angustia, y el miedo, que se expande en naciones como pandemia. Mientras unos intentan lucrar con el temor que se padece por contagios del mal epidémico.

 

Con la actitud engañosa, del que obra con falsedad, se ofrece vacuna contra COVID-19. El gobernador Héctor Astudillo Flores alertó a la población que no se deje engañar  por estafadores que supuestamente  venden vacuna contra el coronavirus; “no hay vacuna, es una farsa”, advierte en Tlapa de Comonfort (La Montaña). Se padece una mortalidad de seres por causa epidémica, y la existencia humana se siente amenazada. El ser mortal, no inmortal, enfrenta riesgo de contagio sin un inmunizante. En la antigüedad, y en el azaroso presente, israelitas, cristianos y musulmanes, profesaron la inmortalidad. Citemos del argentino Jorge Luis Borges, “El inmortal”, con la expresión: “Lo incomprensible de un ser, es saberse inmortal”.

 

Borges describe un peregrinaje insólito en busca de “La ciudad de los inmortales” que inicia en el Jardín de Tebas (El alto Egipcio), y la encuentra llena de trogloditas en las riberas del Golfo arábigo, de Arabia. Y se pregunta sobre la inmortalidad, o los inmortales, y se responderá con letra musical de vals del oaxaqueño Macedonio Alcalá, y que grabó y cantó con sentimiento Pedro Infante, de la que intercalamos frases: “La vida en su prisa nos conduce a morir…”, y por un final de vida, “solo me queda el consuelo que Dios nunca morirá…”. Y con alusión a vida sufrida de mortales, citemos del gran escritor checo Franz Kafka, de “La metamorfosis”, “El proceso”, “El castillo” y  un “Diario íntimo”, que expresan la desesperación del hombre frente a lo absurdo de su existencia. Y el místico Borges en “La escritura de Dios”, con su cuento “El inmortal” narra lo insólito de una odisea, que resulta un poema épico del griego Homero, de “La Iliada”, al que cita en su cuento. Coincidencia de narrativa, utópica y fantástica, de Borges en “El inmortal”, y Kafka en “El castillo”, del peregrino en su relato que encierra un misterio. Coinciden en trágica realidad que se vive, el COVID 19, influenza y dengue que afectan la salud. Y diremos que Borges y Kafka, con respectiva percepción visual más descriptiva del contacto con un mundo insólito.

 

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