Crónica: Ritmo fúnebre de campanas

Crónica: Ritmo fúnebre de campanas

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¿Por quién doblan las campanas?, se preguntará con temor e inquietud en municipios con sus pueblos en las siete regiones de Guerrero. Con los sufridos duelos, entre adversarios sin remedio, y por epidémica enfermedad que trae el desconsuelo, con gran pesar en pueblos. “Por quién doblan las campanas”, una de las exitosas novelas del norteamericano Ernest Heminghay, más alusiva a los muertos por guerra, con narrativa del renombrado escritor en “Adiós a las armas”. Deseamos un adiós, no obstante que llegó para quedarse, del mortal coronavirus, es el deseo de un amigo lanchero de Caleta, con cita de otra obra literaria de Heminghay, “El viejo y el mar”.

El mar, con su rítmica cadencia de olas, trae a colación la tercera ola de pandemia más letal, con aumento de recientes contagios con sucesivos decesos. ¡Tocan doble!, las campanas con duelo, y de familias el desconsuelo. ¿Quién falleció?, se preguntan con la angustia en pueblos, donde el adjetivo fúnebre, relativo a los difuntos, se define triste y sombrío, enluta hogares con un sentimiento muy afligido, por la sentida pérdida de un ser querido. “Doblar las campanas”, es tocar a muerto, con la campanada, golpe del badajo, con el acompasado ritmo fúnebre.

En poema “La oración de la tarde”, del escritor y sacerdote de Valle de Bravo (Estado de México), Joaquín Arcadio Pagaza: “Y presa el alma de pavor y duelo, el místico rumor de la campana…”. Y “La campana”, del poeta nacido en la Ciudad de México, Salvador Novo: “La torre de vetustos azulejos que es piadoso refugio de palomas, conserva su campanario…”. El ritmo fúnebre, y acompasado, del repique de campanas, con el poético “Momento”, de Francisco López Merino: “Florecen las campanas musicales las congojas…”. Familias acongojadas por el repentino deceso de un familiar, y por una situación crítica de la falta de recursos económicos para gastos del funeral.

Y con el verbo transitivo repicar, tañer las campanas en señal de fiesta y/o por un sentido duelo, con un repique más lento o acompasado que llena de tristeza a familias con el recuerdo del ser querido que falleció por el mal pandémico, o enfermedad crónica, un accidente o por causa violenta. Ineluctable, o inevitable, la muerte, que enluta hogares con más frecuencia en tiempo y funesta hora, con locución latina relativa a las horas que marca el reloj: “Todas hieren, la última mata”. En su poética “Última siesta”, Juan Ramón Jiménez dice: “Lejos, en el pueblo desierto, las campanas de las tres sueñan las vísperas tras el oleaje del cristal del aire. ¿El aire contaminado?, por una tercera ola más contagiosa y letal de COVID-19, y de la variante Delta, y otros brotes de virus letales que llenan de terror y luto a regiones de la muy crítica Tierra que habitamos.

Un ritmo fúnebre, de la vida a la muerte, qué incertidumbre, cuando toca la mala suerte. Ritmo, marcha o curso acompasado, no solo musical, también de los trágicos sucesos eslabonados, por lo aciago, fatal, infortunado, doloroso, triste y desgraciado, que se patentizan a otros cuando el repique de campanas que llama a duelo, con la interrogante: ¿Por quién doblan las campanas?

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