¿Cuánto tiempo disfrutamos?

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Durante varios años, hasta finales de la década de los 80, en que se comenzó la competitividad electoral en Guerrero con el nacimiento del Partido de la Revolución Democrática (PRD), todas las disputas electorales se celebraban en el interior del Partido Revolucionario Institucional (PRI), ahí se daban los golpes bajos, los piquetes de ojo, siempre en un ambiente de pública camaradería, porque la guerra interna pocas veces trascendía debido a que se tenía que dar la imagen de una unidad partidista.

La postulación del candidato del PRI era entonces un ritual; el placeo del candidato era para llegar a una elección constitucional que legitimara la selección que se daba en el interior y por el hombre fuerte en la entidad, que tradicionalmente, formal y realmente, era el gobernador. Con su visto bueno eran designados los candidatos a diferentes cargos; el más importante siempre fue el sucesor del gobernador.

Quien quiera que fuera el candidato, a cualesquiera de los cargos que se disputaban, tenía garantizado el triunfo. La fortaleza del PRI estaba basada en el control del movimiento masivo a través de sectores obrero, campesino, burócrata, femenil y juvenil, y donde pertenecían aquellos que pretendían hacer una carrera política, también en ejercicios ilegales pero tradicionales que se hacían para disminuir el voto a partidos y candidatos opositores.

Cualquiera que fuera la fórmula, el PRI tenía garantizado el triunfo electoral, quien quiera que fuera el candidato que, aunque no gozara de las simpatías populares, tenía aval o avales como decisión del sector al que pertenecieran o a su líder, pero pocas veces el de un pueblo, que no participaba más que en la elección constitucional para dar legalidad y legitimidad a una decisión que tomaron otros.

A partir del crecimiento de los votos a favor del PRD luego de las cuestionadas elecciones de 1989 tanto en municipios como en distritos locales o federales, ese partido fue tomando un vuelo similar al que tuvo en los años anteriores el PRI. A diferencia de los sectores del tricolor, en el sol azteca fueron las tribus o corrientes partidistas quienes tomaron las decisiones sobre las candidaturas con la seguridad de que el postulado ganaría las elecciones. Y así era por lo general.

Al igual que en el PRI, en el PRD, a sabiendas de su arrastre electoral, se crecieron en votos, pero también en soberbia. ¿Qué les podría preocupar si el candidato que lanzaran ganaba? Era en el interior del partido donde se celebraba la verdadera contienda. Pero eso se terminó en el 2018, 28 años después de que comenzó su poder electoral. Un nuevo partido, que surgiría de sus mismas entrañas, rechazando a las corrientes que consideraban dañinas para el instituto, tomó el lugar en la izquierda que el PRD tenía: Morena se formó en contra de los vicios del PRD, pero se llevaron esos vicios a Morena.

Al PRI le llevó casi siete décadas como partido conservar el modelo para ganar; al PRD le tomó casi treinta años acabar con ese mismo mecanismo, y en Morena apenas van por su segunda elección y las disputas en el interior entre corrientes partidistas que se suponía que rechazaban están subiendo de tono por ganar alguna candidatura.

Seguros de que la elección la ganarán, porque así lo indican muchas encuestas de intención de voto para las próximas elecciones, los morenistas están peleando por las candidaturas porque saben que la elección constitucional está garantizada; sin embargo, es pertinente preguntarse ¿cuánto tiempo disfrutarán de ese amor electoral con los ciudadanos? Porque, como ya se ha visto, nada es para siempre.

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