De Madero a AMLO

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Al estallar la Revolución mexicana en 1910, solo el 10 por ciento, es decir, unos 150 mil mexicanos de la población, sabían leer y escribir; mayoritariamente, México contaba con una población analfabeta. Solamente los intelectuales y las poderosas oligarquías del dinero podían darse el lujo de comprar y leer periódicos y revistas.

La radio aún no hacía su aparición sino hasta 1923 con la XVE. En ese escenario de un México analfabeto, llegaría al poder Francisco I. Madero tras una pequeña revolución de escaramuzas por el norte de México de seis meses y 10 días, que concluyó con la dictadura porfirista de casi 33 años tras la toma de Ciudad Juárez a cargo de Pascual Orozco y Pancho Villa. Madero, quien había convocado para el estallido armado el 20 de noviembre de 1910, no fue capaz de empuñar ni siquiera un 30-30; era miedoso con ganas, incluso estuvo a punto de ser fusilado por Villa y Orozco por su monumental miedo para ponerse al frente de las huestes revolucionarias.

Aunque Madero era un burgués terrateniente de Coahuila, era de los conservadores puros que no tenía en su haber escándalos políticos o de familia y gozaba de gran simpatía entre aquella población analfabeta. Ganó las elecciones presidenciales en 1911, pero fue incapaz de cumplir con su principal promesa de campaña electoral de “repartir la tierra entre los jodidos”. Parte de la campaña electoral de Madero se asegura que fue sufragada por poderosos intereses norteamericanos que querían apoderarse del petróleo y el revolucionario les quedó mal. Sería así, en la embajada norteamericana en México, como se gestaría la conspiración para derrocarlo y el artífice principal sería el siniestro embajador gringo en México, Henry Lane Wilson.

Wilson conspiro con los llamados científicos, es decir, los antiguos terratenientes del porfirismo, que son el primer antecedente del PAN al comienzo del siglo XX. El Estado de México estuvo inmerso en la conspiración para derrocar y asesinar a Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez. En ese tiempo, los caricaturistas de México ejercerían como nunca, a plenitud, la libertad de expresión. Madero intentó gobernar con una prensa suelta y muchos comunicadores hicieron cera y pabilo de un régimen que ya en el poder se dedicó a dividir a los mexicanos; igualito como hoy ocurre con Andrés Manuel López Obrador.

Madero denostaba a los revolucionarios, a muchos de ellos les dio la espalda. A Emiliano Zapata le llamó “charrito montaperros” por el solo hecho de exigirle que cumpliera su promesa de reparto de la tierra. El caricaturista Rafael Lillo fue uno de los más mordaces contra el régimen maderista, pero también, a su caída, contribuyeron plumas como la de Manuel Payno, A. García Cubas, Manuel Caballero, Salvador Díaz Mirón, Justo Sierra, Guillermo Prieto, Ireneo Paz, Manuel Gutiérrez Nájera y otros de no menos importancia.

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