Desgaste del ejercicio del poder

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En medio del debate de quienes luchan en las calles por la irrupción legal del embarazo, y luego de la confrontación policiaca derivada del desplazamiento en la toma de decisiones de gobernadores, y de la cuestionada burocracia que cuida los decomisos y de la renuncia del titular de la institución que devuelve al pueblo lo robado, las cosas se complican para la administración federal quien ya no siente lo duro sino lo tupido.

 

Son muchas las inercias que permiten el desgaste de la figura en el poder.  Porque no se trata solo de arribar a él, sino de retenerlo o al menos salir bien librado de una gestión gubernamental.

 

En la entidad, pocos gobernantes han logrado concluir su mandato desde hace por lo menos medio siglo.

 

Quien lo logra, es porque ha sabido negociar, se presta al diálogo y no confronta a sus adversarios entre otras acciones que emprende, pero sobre todo es la población a la que debe dar respuesta puntual a sus demandas y más si esta está organizada.

 

Por eso es natural el desgaste de la figura presidencial y si encima, no escucha a sus adversarios ni dialoga con ellos, y solo los confronta con sus erróneas declaraciones matutinas, las cosas se complican para todos.

 

No es necesario que haya marchas de manifestantes en su contra o que las encuestas no le favorezcan, pues ambas pueden ser manipuladas y financiadas por grupos de poder que hoy se saben desplazados del mismo.

 

La figura de poder que quiso concentrar las diferentes decisiones en torno a un supuesto proyecto de nación, hoy sufre los embates de descomposición desde dentro. La elección del dirigente del partido que hoy gobierna, saldrá desgastada y habrá inconformidad interna de cara a las elecciones intermedias.

 

La división y confrontación política que hoy vive el país a nadie beneficia. Al contrario, en nada ayuda confrontarse en medio de una pandemia y de una situación económica irremediable en el corto plazo.

 

Desde los ochentas con las diputaciones plurinominales se buscaba, mantener la gobernabilidad, pues en política no hay enemigo pequeño.

 

Si no hay gobernabilidad es porque el pacto federal se ha roto, las voces disidentes se han callado y se busca imponer un proyecto de nación que no todos los actores políticos y los grupos de poder están de acuerdo con él, porque para muchos significa un retroceso. La consecuencia es la ingobernabilidad hoy imperante y se avecina un vacío de poder.

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