Desgracias sin suerte

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Hasta para tener desgracias hay que tener suerte. ¡Qué paradoja! Suerte y desgracia en una misma oración, pero así es. Lo vemos ahora mismo, para tener una desgracia se debe tener de preferencia en solitario, bien ubicado, entre otros factores que van a alentar a la solidaridad y a la memoria. Si no véase ahora, cuánto tiempo estuvieron los pueblos de Oaxaca y Chiapas, afectados por el sismo del 7 de septiembre; o los afectados por el huracán “Max” de mediados del mes, frente a la cobertura y ayuda solidaria de la Ciudad de México, por el sismo frente a Puebla y Morelos.

Las afectaciones de los fenómenos naturales tienen que ver mucho con el lugar. Toda la cobertura mediática y la solidaridad que se desplazó de los estados de Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Puebla y Morelos, a la Ciudad de México podrá tener miles de explicaciones humanitarias, pero definitivamente algo hay de etnocentrismo.

Incluso ahora podemos verlo, con los veinte años del huracán “Paulina”; antes de ese fenómeno natural del cual para muchos se desmintió la idea de que ningún huracán o ciclón podía afectar al puerto por su composición orográfica. Se olvidan de que antes de “Paulina”, los huracanes “Calvin” y “Boris”, el primero en 1993 de categoría 4 que causó estragos en la colonia Sinaí. Mientras que el segundo, ocurrido en 1996, afectó los municipios de Acapulco, José Azueta, Coyuca de Benítez y Tecpan de Galeana. En este recuento de daños no puede faltar “Ingrid” y “Manuel”, que hizo desaparecer la comunidad de La Pintada, en Atoyac; los huracanes que conformaron la tormenta perfecta en el país.

Aunque en lo que va del año es el huracán “Gilberto” el considerado más devastador del siglo XX, para considerar al más destructivo tendremos que esperar a que concluya este siglo; sin embargo, las afectaciones fueron muy localizadas y por lo tanto la ayuda se enfocó en esos lugares y fluyó sin ningún problema, o si los hubo fue de la constante y omnipresente corrupción gubernamental, disputándose los efectos destructivos de los fenómenos naturales.

En 1997 junto a la estupefacción de los estragos de “Paulina” se descubrió como un síndico de Acapulco hacía acopio extralegal de las despensas; y como en el 2013 a un mandatario de Guerrero se le acusaba de lo mismo con la ayuda para los afectados por “Manuel”.

La ayuda más o menos fluyó, a pesar de estas “expropiaciones extragubernamentales” porque no hubo otros estados afectados. Aunque cabría reconocer que la mayor parte de esa solidaridad provino de la capital del país, o al menos eso se sabe por la cobertura mediática.

Sin embargo, en este mes que terminó el sismo del 7 de septiembre, el huracán “Max” de mediados y del sismo del 19 de septiembre nos vino a mostrar otro aspecto social de la desgracia. Que no sólo hay una construcción social de la desgracia y que consiste en las acciones humanas en los asentamientos y que contribuyen a incrementar los efectos destructivos de los fenómenos naturales, como son las construcciones en laderas de ríos y arroyos, la reducción o taponamiento de cauces pluviales, la deforestación de los terrenos, entre otros aspectos.

Además del desinterés en la participación de simulacros o el nulo caso a las alertas oficiales de la trayectoria de los fenómenos o comportamientos que se deben guardar durante una emergencia.

Otro elemento que se debe tomar en cuenta ahora es la fluidez de la ayuda humanitaria, su distribución. Por ejemplo, a pesar de que el sismo que afectó a Chiapas y Oaxaca ocurrió antes, y las afectaciones por el huracán “Max” vinieron después, fue hasta el sismo que dañó a la Ciudad de México, Morelos y Puebla, que comenzaron a armarse en Acapulco brigadas de apoyo y acopio, pero la mayoría, sino es que todas para la capital del país, pero no para Morelos y Puebla. No hubo por ningún lado, más que por los propios voluntarios una coordinación para señalar en donde hacía falta ayuda, pero esto ocurrió, otra vez, en la capital.

Por eso es necesario que si no se puede tener suerte para las desgracias, por lo menos se tenga una coordinación para distribuir la ayuda.

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