Destructor de las instituciones

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Después de la Revolución Mexicana de 1910, la nación azteca estaba convertida en un auténtico polvorín, un desastre en todos los órdenes y serían los postulados del Movimiento Armado los que hicieron que México transitara de un país en ruinas, a un México de libertades e instituciones tan sólidas que garantizaran incluso, el autogobierno, es decir, que los mexicanos nos pudiésemos gobernar con presidentes, sin presidentes y a pesar de los presidentes. Muchas de las instituciones actuales fueron creadas durante el sistema político priista, aunque algunas fueron propuestas durante la era de la pluralidad política a partir de 1988, cuando la oposición no priista alegó que en las elecciones presidenciales de ese año se había cometido el más monstruoso fraude electoral del México contemporáneo. Fue así como nació el ciudadanizado e independiente Instituto Federal Electoral (IFE) al cual Enrique Peña Nieto le dio una manita de gato cambiando la F por la N para que quedara como INE, como hoy lo conocemos. ¡Este, como muchos otros, se quebraron la cabeza!

Y a propósito de quebradero de cabeza, esa maldita pluralidad política nos heredaría en el 2018 un gobernante, un auténtico Moisés que profetizaba llevarnos a la tierra prometida, pero en menos de año y medio de cobrar como presidente de la República, AMLO no solo ha resultado un destructor de la esperanza nacional, sino primordialmente un destructor de las instituciones nacionales, sobre todo de los organismos autónomos que fueron creados para quitarle atribuciones al ponzoñoso presidencialismo y coadyuvar en una mayor eficiencia del quehacer gubernamental con las Secretarías de Estado. Eso no le gusta al nuevo Tlatoani y cual si fuera un recalcitrante conservador de la derecha, amante de concentrar todo el poder en sus manos al más puro estilo de los dictadores del mundo, se daría a la tarea de cumplir con creces su misión de destructor de las instituciones nacionales. De entrada, AMLO desapareció el Seguro Popular, creando en su lugar a un malnacido Insabi sin pies ni cabeza que agudizaría la crisis de salud pública, demeritando instituciones de salud que eran auténticas instituciones en las que se formaban las nuevas conciencias médicas en materia de maestrías, doctorados, etcétera.

Blanco del destructor de las instituciones sería también el ya desaparecido Consejo Nacional de Turismo y ganas no le han faltado para borrar de un plumazo al Árbitro Electoral de México para perpetuar a su partido en el poder por lo menos tres sexenios, según me han revelado algunos prominentes chambistas adictos a AMLO. La Comisión Nacional de los Derechos Humanos no escaparía de su odio y para evitar que esa institución siguiera convertida en un contrapeso del Gobierno federal y gobiernos estatales, AMLO operó fraudulentamente para que la mayoría de Morena en el Senado de la República colocara al precio que fuera en la CNDH a Rosario de Piedra Ibarra, quien convirtió a la CNDH en un elefante blanco o mejor dicho, en un trabuco burocrático, incapaz de tocar al presidente de la República ni con el pétalo de una rosa.

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