Días santos

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Y mientras corren ríos de tinta, bulos y fake news acerca de si el SARS-CoV-2 fue creado o no en un laboratorio (la mayoría apuntan a China curiosamente) o es más bien producto de la naturaleza (incluso hay quienes lo ven como un castigo divino), este tiempo de confinamiento abre una veda para la reflexión íntima.

Más allá de las implicaciones que el coronavirus tendrá en el ámbito internacional, en la reconfiguración regional y por supuesto en el espectro interno de cada país, habrá que realizar una introspección de cómo seremos en nuestra individualidad y cómo terminará perfilándose el rostro colectivo de una sociedad que, en aras de la salud pública y de conservar la vida, tendrá que (aceptar o ceder a la fuerza) su propia libertad.

Seremos personas rastreadas, si ya sabíamos o sospechábamos que en la Sociedad de la Información el uso de las tecnologías digitales y todas las herramientas disponibles en redes sociales terminarían devorándonos en un Gran Hermano con nuestra intimidad expuesta y a merced de intrusos cibernéticos; con el pretexto del coronavirus, los gobiernos de varios países del mundo han ido levantando sus respectivos confinamientos para iniciar un rastreo por GPS de los movimientos de cada ciudadano y tener así una bitácora que le permita conocer sus desplazamientos y con qué personas se han reunido –por si hubiera que decidir su aislamiento- para cortar la transmisión del COVID-19.

Esa será parte de nuestra realidad inmediata, movimientos controlados y vivir bajo la psicosis de la toma de temperatura en aeropuertos, estaciones de tren y revisiones exhaustivas con formularios interminables para acceder a otro país y ser bienvenidos en sus fronteras en calidad de seres humanos y no de apestados.

Porque el coronavirus abre un cisma y nos convierte en personas hostiles, angustiadas por nuestra salud individual, por conservar nuestra vida por encima de cualquier otra necesidad; y edifica el egoísmo al hacernos temerosos porque el enemigo invisible está allá afuera y se transmite de persona a persona.

Porque si creíamos que teníamos todo el abecedario de razones por las que discriminar a otra persona, el coronavirus ahora nos proporciona otro pretexto para, en suma, volvernos más huraños.

En la misma crisis sanitaria lo estamos viendo con vecinos que esquivan a otros nada más saber que se han enfermado de coronavirus e inclusive hasta han superado la enfermedad, pero el solo hecho de saber que fueron infectados o que podrían reinfectarse y contagiar es óbice para no acercarse más; en estos días aciagos se ha sabido además de casos vergonzantes de gente expulsada de sus propios domicilios -de alquileres compartidos con otras personas- nada más por desarrollar la sintomatología de la enfermedad.

Duele, como duele también el día que cincuenta habitantes de la Línea de la Concepción en Cádiz apedrearon un convoy de ancianos enfermos de coronavirus; este virus maldito ha desnudado lo peor que los seres humanos esconden camuflados entre la multitud perdida bajo la costumbre diaria de una cotidianidad que ahora ya no es tal.

El coronavirus saca a flote lo que cada sociedad es bajo el nudo gordiano de sus vicios, carencias y pasiones; de sus frustraciones, temores y odios… encaramados en el sentimiento nervioso de subsistir y sobrevivir atrincherados en nuestras respectivas casas; en Estados Unidos, sus habitantes corrieron desaforados a agotar armas y municiones, que junto con el papel higiénico, barrieron con todos los stocks. Homo homini lupus.

Lo del papel higiénico se ha convertido en manual para terapeutas y psicólogos, catapultado -por su inusitada demanda- en un insumo de primerísima categoría: su desabastecimiento (porque lo hemos acumulado a más no poder) revela nuestros temores más recónditos, que se nos prohibiese salir de casa por días -ni para ir al supermercado- ante la amenaza de que el virus se transmitiera y permaneciera en el aire. Nos imaginábamos metidos en nuestra casa convertida en una especie de búnker en medio de un apocalipsis zombi.

A COLACIÓN

Menos libertades, más miedo, mucho mayor discriminación, más gente metida en su burbuja personal y el ostracismo ganando terreno a lo colectivo; el individualismo en medio de un razonamiento de supervivencia creará un modo de vida menos solidario y más egoísta; este virus hará sociedades más encerradas en sus casas con menos ganas de socializar “en persona” y más volcadas a vivir sus mundos paralelos y de amistades en las redes sociales.

No cabe duda, consumiremos más tecnología en nuestra burbuja, todo aquello que nos mantenga seguros en nuestras casas-búnker en la que pasaremos más tiempo después del trabajo porque la normalidad no volverá más a nuestras vidas, no del todo, el coronavirus está dejando cicatrices profundas.

Mientras, los gobiernos se preparan para controlarnos más y las grandes empresas de la tecnología están listas para demostrarnos por qué la fibra 5G salvará nuestras pobres vidas temerosas de socializar como antes o de experimentar esa libertad de la que nos sentíamos privilegiados hasta que un virus trastocó nuestra existencia y causó estragos en miles de viajeros por todo el mundo que recordarán ese viaje como la peor experiencia de su vida con cuarentenas forzosas en barcos, en hoteles, en ciudades a cientos de kilómetros de distancia de sus lugares de origen. Nadie querrá arriesgarse a repetir dicha pesadilla.

Seremos sombras de nosotros mismos y estoy segura que reajustaremos nuestros sueños, moldearemos nuestras metas y pondremos en otro orden nuestra escala de prioridades. El coronavirus nos ha enseñado que para la muerte no hay ni ricos ni pobres, ni países más o menos desarrollados, y que el sufrimiento es igual para todos sin distingo alguno.

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