Diferendo con empresarios

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Una cena en Palacio Nacional fue el escenario para intentar llegar a acuerdos entre el Poder Ejecutivo federal y el poder económico. Ahí se dijo que miles de millones de pesos se van a invertir en diversas obras para que los empresarios se animen a también invertir. Además, el Gobierno federal pasó la charola para un “donativo” de 20 a 200 millones de pesos, los cuales se dirigirían a la compra de boletos para el avión presidencial.

Se informó que recaudó mil 500 millones de pesos. Entre los asistentes se encontraban Carlos Slim y María Asunción Aramburuzabala: el primero, un multimillonario y prestanombres de Carlos Salinas de Gortari; la segunda, clasificada dentro de los primeros cinco sitios de los personajes más ricos de México de acuerdo con la revista Forbes. En el haber de Aramburuzabala se distingue la renuncia de Joaquín López Dóriga al noticiario 24 horas de Televisa. Lo apuntamos para destacar la fuerza política y económica de esta, además, bella mujer.

Hasta aquí, todo muy bien hasta que, días después, el SAT le cobró a Walmart una cantidad exorbitante de impuestos. En estricto sentido tributario, es correcto que los empresarios paguen su impuesto; sin embargo, la señal política que reciben otros empresarios es de amenaza. Otros personajes del poder económico tomaron distancia a tal grado que el mismo presidente declaró que “prometieron empresarios invertir en México”. Sí, leyó bien estimado lector, el Poder Ejecutivo utilizó el verbo prometieron. Es decir, fue una posición solo discursiva; la misma que ha usado el Poder Ejecutivo federal para conservar su popularidad entre sus simpatizantes.

Los mismos empresarios, deducimos, le comentaron al presidente que, como po- der político, debería ser equitativo; que a todos los empresarios se les diera trato con el mismo rasero. Recientemente aparece en la prensa nacional que Elba Esther Gor- dillo le gana un pleito “legal” al SAT por 19 millones de pesos. El gobierno mexicano puede interpretar que el tema con “la maestra” es político; pero los empresarios lo observan como un diferenciador y eso provoca incertidumbre. En otras palabras, no le creen, otra vez, al Poder Ejecutivo federal.

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