Dinero barato para frenar la debacle

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Medidas excepcionales en tiempos inéditos de una pandemia, con graves consecuencias económicas también desconocidas que hasta ahora no se pueden comparar ni con la crisis de 1929 ni con el otro gran cisma desatado en 2008. El drama sanitario público provocado por el COVID-19, por su rápida propagación más que por su elevada mortandad (en tres meses infectó a más de 200 mil personas), ha obligado a varios países a contener la expansión mediante la implantación de dolorosas cuarentenas (catorcenas), algunas veces acompañadas de la instrumentación de un estado de alarma, de excepción o de sitio dependiendo de la Constitución de cada nación. No se tienen estadísticas absolutas acerca de cuánta gente podría morir en esta pandemia porque las tasas de mortandad entre los países con epidemias de coronavirus están siendo singulares dependiendo de su propia complejidad interna y de la resistencia de su población; la gripe normal, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), provoca entre 150 mil a 400 mil fallecidos en el mundo.

Por el coronavirus no se tiene una idea en concreto de cuánto daño ocasionará en la vida humana aunque también está generando otro drama aleatorio: el incuantificable daño colateral derivado de frenar el ritmo económico habitual, de paralizar la producción al enviar a millones de trabajadores a sus respectivas viviendas en lo que se frena la velocidad de propagación y se logra aplanar el pico de contagios y de mortandad.

Sin una vacuna inmediata (es una nueva cepa de gripe) y con varias decenas de tratamientos en fase de investigación en múltiples partes del ecosistema científico internacional, al temido quebranto económico provocado por un enemigo invisible en medio de un escenario de guerra con una economía de guerra, le sigue una batería de paracaídas financieros para suavizar el colapso global.

Los grandes organismos internacionales anuncian una lluvia barata de dinero para dar créditos fáciles, rápidos y a intereses bajísimos mediante las instituciones financieras, planes de compra de deuda de países emproblemados, inyecciones de liquidez a las arcas públicas, préstamos inmediatos a empresas y hasta una línea de endeudamiento expedita directa con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

En una inhabitual reunión virtual entre los países miembros del G20 se acordó preparar —lo más rápidamente posible— una hoja de ruta para el próximo 15 de abril a fin de contar con un plan de acción conjunto disponible para ayudarse unos países a otros. Hay un temor a lo desconocido…

El coronavirus supone una enorme prueba de estrés para el sistema financiero internacional, para la macroeconomía de todos los países —más o menos desarrollados o más o menos industrializados— y para la resistencia de millones de micro, pequeñas y medianas empresas generadoras del gran volumen de empleo global.

La imagen de calles vacías sin gente, sin consumidores, con apenas demandas en lo más esencial, como alimentos, medicinas, gas, agua, gasolina y electricidad, quedará para siempre en la memoria colectiva de generaciones envanecidas que se creyeron titanes de acero capaces de clonar otros organismos vivos, de descifrar el ADN, de descubrir que el átomo no es la partícula más pequeña y de ponerse desafíos tan elevados como conquistar Marte.

A COLACIÓN

El gran dilema ahora es ¿cómo será la sociedad postcoronavirus? ¿Cómo afectará, económicamente hablando, la calidad de vida de las nuevas generaciones que quedarán ahora marcadas por esta pandemia con efectos incalculables?

Los bancos lanzan planes de refinanciación de los pagos de créditos hipotecarios, de créditos personales y al consumo; nadie quiere que los impagos en gran volumen y a gran escala terminen poniendo nuevamente contra las cuerdas al sistema bancario. Lo menos necesario en estos momento es otra debacle bancaria.

Lo que hay que hacer es salvar a la macroeconomía y a la microeconomía de la caída al precipicio de la depresión; si ante el coronavirus hay seres humanos, unos más vulnerables que otros, con personas que se contagian más gravemente que otras, así también hay países que son más vulnerables que otros a enfermarse económicamente hablando. A estas economías hay que ponerles oxígeno lo más rápido posible, esgrime Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, tras anunciar la movilización de un billón de dólares destinados a “evitar quiebras en cascada y despidos masivos”, así como una línea de crédito de emergencia para países asfixiados en sus economías, un financiamiento para el que ya están haciendo fila una veintena de países.

No obstante, Georgieva pide que todos los organismos internacionales se unan para enarbolar un “gran plan global” que contemple todas las necesidades económicas y financieras creadas por el coronavirus debido al parón en seco de la mayor parte de las actividades productivas. Es necesario que tenga estímulos fiscales, inyecciones de liquidez, dinero barato, pero también el alivio inmediato del sufrimiento de miles de trabajadores que ahora se ven en el desempleo inmediato y una larga lista de pagos por deudas contraídas previamente más lo que se tiene que enfrentar de forma inmediata para comer y pagar servicios. Quizá ahora más que nunca sea buena idea echar a andar la renta básica universal… ese bono social podría significar el salvavidas de muchas democracias en la era postcoronavirus.

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