Economía de guerra

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En 1929 estalló en Estados Unidos la gran depresión económica que terminó hasta 1945, justo con el final de la Segunda Guerra Mundial.

Franklin Delano Roosevelt, quien fue cuatro veces presidente de Estados Unidos y, en ese momento, el mandatario número 32 del país de las barras y las estrellas, se había mantenido neutral en el conflicto armado, pero el ataque japonés a Pearl Harbor en la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941 empujó a Estados Unidos a la guerra en momentos en que Francia e Inglaterra estaban a punto de ser vencidos por los países del Eje, conformado por Alemania, Japón e Italia.

A partir de ese momento, Estados Unidos suministró armamento de manera brutal a los aliados, incluyendo a Rusia; las fábricas de alimentos y las empresas farmacéuticas trabajaban de sol a sol las 24 horas del día y la mayoría de sus empleados eran mujeres, puesto que la mayoría de los hombres estaba en guerra.

Los dos últimos años de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dejó de producir automóviles, hecho que jamás volvió a suceder, y solo la fabricación de artefactos militares era la que imperaba.

El término de la guerra, que dejó más de 58 millones de muertos, la contaminación de los mares y la devastación de toda Europa y parte de Rusia, correría a cargo también de Estados Unidos en lo que se conoció como el Plan Marshall, que convirtió a ese país en la primera potencia económica y militar del mundo.

¿Por qué hago historia?

Mire usted, la guerra de salud pública provocada por el coronavirus ha puesto al descubierto que el mundo vive en una nueva y silenciosa economía de guerra en la que China y Estados Unidos se disputan la supremacía planetaria.

Para evitar el desastre económico en Estados Unidos, el Güero loco, Donald Trump, destinará ¡un billón de dólares! para inyectarlo a las principales empresas para que ninguna de ellas se declare en quiebra.

El tío Sam mantiene una guerra comercial sin cuartel; acaba de comprar casi en su totalidad la mayor parte de los títulos y las acciones de empresas norteamericanas asentadas en China que tuvieron fuertes bajas en las estrepitosas caídas de las bolsas asiáticas, entre ellas las principales empresas canadienses de la minería. Como ya dijimos en nuestra entrega anterior, China es el principal acreedor de la deuda norteamericana.

Por si esto fuera poco, el conflicto comercial entre Estados Unidos y China, que ha generado ya una economía de guerra que seguramente solo beneficiará a ellos dos, el país asiático se prepara para extraer de las minas de Colombia más de 120 toneladas anuales de oro y en México tiene otra mina de oro, bueno, más valiosa todavía que el oro, y está en el estado de Sonora. ¿Oro en Sonora? No precisamente, pero estamos ante un metal que ya es más codiciado que el oro porque con él se fabricarán automóviles eléctricos, computadoras, teléfonos celulares y todo lo que tiene que ver con la tecnología del presente y del futuro.

¿Ya adivinó usted de qué metal precioso estamos hablando? ¡Se trata del litio! Y Sonora está nadando en litio tanto que la empresa Bacanora Minerals, en sociedad con otra empresa china, obtuvo en el sexenio pasado la concesión para la explotación del yacimiento de litio más colosal que se ha descubierto en el mundo con una producción de más de 35 mil toneladas por año. El problema es que Estados Unidos está en este caso como el chinito, nomás milando, mientras que China está inmerso ya en una auténtica economía de guerra y el mundo, hundido en la lela con la crisis del coronavirus.

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