El constante conflicto

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Rumbo a la elección intermedia del próximo año, y frente a una parálisis en el ámbito político, las cosas se complican para los grupos de poder, acostumbrados a buscar financiamientos alternos y a negociar espacios o a repartirlos por cuotas entre los líderes más visibles y que controlan los sindicatos o son dirigentes entre la sociedad civil organizada.

 

Ante un escenario desfavorable, no solo para los grupos de poder, la pandemia continúa. Los contagios siguen, y los ciudadanos que hasta ahora se han cuidado no van a exponer su salud solo por cumplirle a los grupos de poder o a los candidatos, al menos que sean sus empleados.

 

La elección que viene será anómala, y no por predecir fraude como muchos le están apostando, sino porque, en tiempos electorales sin pandemia menos de la mitad de la población en edad de votar acude a las urnas, ahora que las condiciones de normalidad no lo van a permitir, habrá menos sufragios.

 

Una elección debería ser abrumadora, sin cuestionamientos, libre, democrática, donde los líderes tengan verdadera representación popular, pero, ese es el ideal, las elecciones de las últimas dos décadas han sido cuestionadas, sobro todo por los grupos inconformes con los resultados, total a la población le da lo mismo quien ocupe los escaños, al final no se ven los cambios prometidos.

 

El cambio de consejeros electorales se suma a este escenario nada halagador. Y es curioso observar cómo un virus ha trasformado no solo la realidad económica del país, sino la electoral. Se dice que nadie estaba preparado para una pandemia tan larga. Y muchos grupos de poder hasta se muestran sorprendidos.

 

Por lo pronto, ya se reagrupan los contendientes, en aras de arrebatar el poder a los que ahora lo ostentan, y quienes ahora gobiernan tienen fracturas internas propias del desgaste por el ejercicio del poder mismo. No todos coinciden en el método para llegar al fin. Aunque sí en el propósito común de retener lo poco o mucho que han alcanzado hasta ahora.

Y otra vez como en la alternancia, nos ganaron los tiempos, el cambio tan esperado hace dos décadas, no transformó al país como se esperaba. El crecimiento económico no fue el favorable, la crisis ha sido constante, la devaluación de la moneda y con ello la pérdida del poder adquisitivo y el que el salario no alcance a las amas de casa para adquirir lo mínimo de una canasta básica.

 

Se creía que ahora sí, que esta sí era la buena, pero las cosas salieron peor. Porque programas que habían sido todo un éxito, de un día para otro se desmantelaron, priorizando otros que no fomentan el desarrollo del país y le apostaron a adelgazar el gasto público, lo que traerá como consecuencia, un mal servicio a los contribuyentes.

 

El escenario que se avecina no es muy favorable. Hay desencanto, incertidumbre, caos y lo que es peor: existe una polarización cada vez más visible entre la población. Hay quien está a favor y otros que están en contra, de cómo se  maneja a este país, así no se puede gobernar.

 

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