El día del presidente

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Como dice la Constitución: “A la apertura de sesiones ordinarias del Congreso asistirá el presidente de la República y presentará un informe por escrito en el que manifieste el estado general que guarde la administración pública del país”.

Este ha sido tradicionalmente en el Estado Mexicano, el Día del Presidente, desvalorándose el objetivo de la obligación a informar de los gobernantes al pueblo de sus acciones.

En gran parte del siglo XX, fue día de gran fiesta presidencial, donde hubo desfiles militares y “populares” que acompañaban al Ejecutivo desde la residencia oficial, que era en Los Pinos, hasta Palacio Nacional, donde le era puesta la banda presidencial y de ahí continuaba hasta el recinto del Congreso de la Unión, que fueron a veces el Palacio de Bellas Artes; en el actual Congreso de la Ciudad de México ubicado en Donceles; y en el propio Palacio Legislativo construido por José López Portillo.

En algunos años, se paralizaban labores, se obligaba a los trabajadores del Estado a acudir a las plazas públicas, e incluso a escuchar y ver por radio y televisión el informe presidencial, so pena de ser castigados laboralmente.

Desde luego, todo lo que dijera el presidente era aplaudido y festejado, hasta que la lucha por la reforma democrática logró el triunfo del equilibrio de poderes y desde 1997 ya no fue el día presidencial, sino el del debate entre el Legislativo y Ejecutivo.

La demanda aún vigente, es que el presidente diera su informe y hubiera debate directo con los diputados y senadores, cuestión que nunca se logró por la terquedad izquierdista de que el presidente solo enviara por escrito su informe. Esto se impuso evitando la entrada del presidente Vicente Fox al recinto parlamentario y en los hechos, quedó congelada la demanda del debate entre pares Ejecutivo-Legislativo. Produciéndose un Día del Presidente donde se enviaba por escrito la obligación constitucional y su discurso se diera en uno de los patios de Palacio Nacional, en Los Pinos o en el Auditorio Nacional, quedando la costumbre de que el informe se convirtiera en mítines políticos ante los burócratas gubernamentales.

Quedó en caricatura política la obligación del presidente de informar anualmente al pueblo de sus actividades y ser cuestionado por los diputados y senadores. Quedó en un evento laudatorio.

En algunos momentos a nivel estatal sí se logró el que el regente, ahora jefe de Gobierno, el gobernador, incluso presidentes municipales, rindieran su informe respectivo en debate con los diputados locales o regidores.

El primer evento democrático de ese tipo se logró en 1988 en la primera Asamblea de Representantes del DF, cuando Manuel Camacho Solís fue regente de la Ciudad de México. Fue en el edificio del antiguo Congreso federal en la calle de Donceles, donde por cierto, ayer fueron golpeados los alcaldes electos de oposición, entre ellos, Lía Limón, alcaldesa electa en Álvaro Obregón.

La demanda de igualdad de poderes sigue vigente, y más el debate directo no virtual ni mediático entre el Ejecutivo federal y el Congreso de la Unión. Eso de los informes por escrito, simplemente queda en los archivos de la nación. Ahora el presidente ni obligación tiene de ir a dar su mensaje político.

Si alguno o alguna notó que no he mandado colaboraciones, es porque tuve un problema de salud, NO COVID-19, que me impidió estar presente en nuestra casa, Novedades Acapulco, pero espero que ya desde hoy pueda cumplir.

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