El fin del imperio

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¿Agoniza el imperio de las barras y las estrellas? ¿Su grado de decadencia política y social lo coloca a la altura del tercermundismo? ¿Cuánto daño le hizo el populismo ramplón de Donald Trump al imperio yanqui? ¿Cuánto tiempo tardará Estados Unidos para lograr la cohesión social y política, tras el deterioro que le infligió su presidente número 45? ¿Si el imperio romano tuvo una vida de 500 años, cuánto tiempo durará el imperio norteamericano?
Recuérdese que el imperio romano, después de una monumental degradación política y social, en la que los romanos fueron capaces incluso de crucificar a Jesucristo, sucumbió en el año 476 d.C cuando Odoacro, un caudillo bárbaro, destituyó al joven emperador Rómulo Augusto y asumió el gobierno de Italia.
En rigor la degradación del imperio romano comenzaría con Julio César allá por el año 50 a.C, cuando ese emperador con una alta dosis de populismo comenzó a dividir a los romanos, bajo el absurdo principio de “divide y vencerás” e incurrió en gravísimos actos inmorales. Su propio hijo adoptivo Bruto, lo asesinó en el Senado en lo que se conoce como los idus de marzo en el año 44 a.C. Esa misma degradación política y social la vemos actualmente en Estados Unidos con Donald Trump, cuyo pecado mayor es dejar a un pueblo dividido y enfrentado y con unas instituciones en detrimento y en un franco declive del imperio de las barras y las estrellas.
El imperio yanqui comenzaría en su esplendor después de que Napoleón Bonaparte Ramolino le vendió a Estados Unidos la Luisiana un extenso territorio de más de 14 millones de km² en 15 millones de dólares y luego de que el tío Sam se apodero del 62% del territorio mexicano en la guerra de 1847.
La consolidación de ese imperio ocurriría después de la Segunda Guerra Mundial cuando Estados Unidos se ubicó como la primera potencia económica y militar del mundo con un sistema electoral que, aunque es el más antidemocrático del mundo, era ejemplo mundial, merced a la solidez y fortaleza de sus instituciones republicanas. En la Segunda Guerra Mundial EE.UU. marcaría su predominio mundial desapareciendo Hiroshima y Nagasaki con sendas bombas atómicas entre el 6 y el 10 de agosto de 1945.
La elección del pasado 3 de noviembre de 2020 fue convertida por Donald Trump y su populismo ramplón en un cochinero, propio de las naciones tercermundistas o en las que impera regímenes dictatoriales, en las que los procesos electorales son un mero pretexto para que los gobernantes se perpetúen en el poder. Sí, en esas y en las mayorías de las democracias, los ciudadanos son usados por las élites políticas predominantes como meros instrumentos de uso electoral y como pagadores de impuestos.
A menudo me preguntan los jóvenes en las universidades sobre las características de los politicastros populistas y con gusto doy respuesta:
Son fundamentalmente mentirosos, cizañeros, racistas, narcisistas, sembradores de odio y discordia, buscan un enemigo común para culparlo de sus errores gubernamentales y cuando son criticados por la prensa y sus opositores, suelen hacerse las víctimas lloronas y por último son destructores de las instituciones republicanas para colapsar el espíritu de los ciudadanos que creen y tienen confianza en ellas. Cuando Donald Trump se declara robado en las elecciones del último martes, en ese momento les está dando la puntilla a las instituciones electorales y a la Corte Suprema norteamericana, además de meter a Estados Unidos en una calma chicha con presagios de tormenta y por una confusión sin precedentes sembrado por Donald Trump.
Lo triste del caso es que en México tenemos un populista de izquierda exactamente con esas características que lleva al país no a la “Cuarta transformación”, sino derechito a la destrucción.
¿Ante la degradación social, política y económica que vive Estados Unidos, el imperio yanqui estaría a punto de volar en mil pedazos?

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