El nuevo y el viejo pacto

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La propuesta que presentó el presidente Andrés Manuel López Obrador en respuesta a los efectos económicos de la pandemia del COVID- 19 se parece mucho a su vieja propuesta, a la que ha venido desarrollando desde que inició su mandato, y con muy magros resultados, como son subsidios sociales, reducción de salarios a los funcionarios públicos, austeridad gubernamental y la promesa incumplida hasta el momento de generación de empleos. En resumen, igual a la anterior pero presentada como nueva.

López Obrador ha comparado su nuevo pacto con el realizado por el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt como respuesta a la recesión económica del 29 en Estados Unidos, que dejó millones de desempleados, pero ni los dos países ni los dos problemas son iguales aunque estén cercanos.

Para comenzar, la idea del desempleo no es la misma: allá, en Estados Unidos, sí se considera el desempleo como un problema; aquí, el desempleo se resuelve con empleo informal y como se ha visto en los últimos días, con millones de personas que tienen que salir a las calles forzosamente a buscar cómo resolver la falta de ingresos para sus necesidades básicas. Esto se debe a que una buena parte de la población mexicana subsiste gracias a los empleos informales o autoempleo; en los cruceros, vendiendo objetos; en sus calles, vendiendo alimentos, en un largo etcétera.

Este tipo de trabajo, cuya calidad es deficiente porque no ofrece seguridad social pero tampoco están obligados a pagar impuestos, había sido la solución para evitar un estallido social por el desempleo, como ocurrió en otros países, sobre todo con los últimos movimientos sociales de indignación. La creación de trabajos formales tiene la virtud de recoger impuestos.

Aunado a esa falta de empleo, el propio gobierno ha exigido a las empresas que mantengan sus nóminas de empleados mientras pasa la contingencia de la pandemia, pero no está haciendo lo propio como, por ejemplo, los encuestadores del INEGI que tuvieron que interrumpir el censo, a quienes están despidiendo.

Por otro lado, el gobierno mantiene sus subsidios sociales, muy parecido a los programas clientelares de los gobiernos que se fueron, y el gasto en obra pública que no está reconociendo el problema que se avizora y cuyas magnitudes todavía no se pueden dimensionar pero se intuye que serán gravísimas.

Otro elemento presentado por el presidente es continuar con el ahorro, del cual no se sabe dónde o para qué se utiliza porque, a pesar del tiempo que se lleva ahorrando, hay carencias sobre todo en el área de la salud, un sector que ha sido castigado desde antes de la pandemia y retoma las protestas de trabajadores que reclaman por la falta de equipo médico de tal manera que es cuestionable la utilidad del ahorro y la austeridad gubernamental si no se está viendo el producto de lo ahorrado en bienes y servicios para la población.

La pregunta central en esta nueva propuesta de respuesta económica por una contingencia es central: ¿cómo pueden esperar resultados diferentes cuando se hacen los mismos procedimientos? ¿Por qué si se han dado fallas en el procedimiento se continúa con la misma idea?

Las consecuencias de estas decisiones se verán más adelante, pero seguramente el presidente Andrés Manuel López Obrador podrá ser criticado, en sus excesos o en su moderación, cuando ya no esté en el cargo por los resultados que tenga su sexenio, que hasta el momento no han sido nada venturosos porque todo eso que ofrece como nuevo es conocido por viejo.

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