El país de las nimiedades

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Trato de explicarle a un amigo extranjero las vicisitudes de la rifa de la no rifa del avión presidencial. Es difícil; no lo entiende y se acaba riendo. Su hilaridad me enoja. Le digo “para ti es muy fácil porque vives en otro país, pero, para mí, que vivo aquí, es muy triste lo que está pasado”.

Efectivamente, es muy triste. México tiene mil y un problemas coyunturales y estructurales; la economía está paralizada; la violencia no cesa desde hace más de 10 años; cada vez hay más feminicidios; la educación pública es un desastre; ni se diga el sistema de salud pública, que está a punto de colapsarse; las pensiones son un polvorín; Pemex está quebrado; como nunca en la historia reciente, el gobierno de Estados Unidos le impone su agenda al mexicano.

Y, sin embargo, López Obrador está en sus ocurrencias. Como parte de la rifa de la no rifa, cual si fuera cardenal, convoca a los 100 empresarios más grandes del país para pedirles que realicen un acto de caridad.

El poder presidencial en todo su esplendor para una nimiedad.

Un dizque donativo para recaudar millones de pesos a fin de comprar equipo médico para los hospitales públicos de las regiones más pobres del país. Suena bien; el objetivo es loable, pero seamos claros: así no resuelve un Estado moderno los problemas sociales. Gastamos, en salud, menos tres puntos del Producto Interno Bruto (PIB) anual. El presidente quiere un sistema como el de los países nórdicos, pues ahí se gastan alrededor de nueve puntos del PIB al año: el triple. Los millones de pesos que logre recaudar con su rifa de la no rifa serán una aspirina para un problema que requiere una cirugía mayor.

Poco, muy poco, gastamos para seguridad y procuración de justicia. Con esos números, tampoco vamos a resolver el problema de la violencia. Lo que el país requiere es una discusión a fondo del pacto fiscal. ¿Cuántos impuestos vamos a pagar a cambio de qué calidad de los servicios públicos? Eso es lo que deberían estar hablando el presidente y los empresarios, no la ocurrencias de AMLO, que tienen un solo objetivo: mantener su popularidad.

A la gente le encanta estos shows. “Mira cómo nuestro presidente sienta a los señores del dinero en Palacio Nacional, les da unos tamalitos y les saca una buena lana”. Vaya espectáculo. Porque AMLO es un gran político. El avión no lo va a vender; le va a sacar aún más jugo. Lo quiere convertir en museo, como Los Pinos, abrirlo para que la gente pueda visitarlo. Habrá colas; la gente se tomará fotos y saldrá indignada. Dirán “qué buen presidente es López Obrador por haber rechazado este avión, él, que es como nosotros, gente humilde y, encima, les sacó una buena lana a los ricachones por este palacio volante”.

Sí, AMLO es un gran político, pero derrocha su capital en ocurrencias para apuntalar su popularidad. Fugas distractoras que solo le favorecen, no a México.

Supuestamente estamos en una Cuarta Transformación de la vida pública del país. AMLO es un mago en el manejo de los símbolos. Eso sí ha cambiado; también ha destruido instituciones para fortalecer su poder. La gran pregunta es si esto ha mejorado o no la calidad de vida de los mexicanos.

Los números que no mienten: no hay crecimiento económico; el año pasado fue el más violento desde 1997; hay desabasto de medicinas; los sindicatos de maestros se han apropiado de nuevo del sistema de educación pública; los servidores públicos siguen solicitando sobornos. ¿Dónde está la gran transformación?

Dirán que está en camino, que es muy temprano para verla. Quizás, pero, mientras tanto, el país pierde tiempo, dinero y esfuerzo en las ocurrencias presidenciales. No estamos ni discutiendo ni resolviendo los problemas de fondo. México no tiene una narrativa para convertirse en una economía emergente atractiva. El presidente ni siquiera viaja al extranjero. Estamos en el pequeño mundo de nuestro mandatario.

Como parte de su transformación, AMLO prometió separar el poder político del económico. Buena la idea de acabar con el capitalismo de cuates; sin embargo, ambos poderes ya se acomodaron. Ahí está la imagen: el presidente sentado junto al hombre más rico de México en la tamalada. Sonríen, saborean el chipilín, festejan el chocolatito. Al final de la noche, los señores del dinero se comprometerán a donar unos milloncitos. Un precioso acto de caridad como los que hacía la Iglesia en el virreinato para ayudar a los pobres. En esas nimiedades andamos los mexicanos en pleno siglo XXI.

Twitter: @leozuckermann

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