El rol del enfermo de COVID-19 y el sálvese quien pueda

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Luego de la llegada al país de la enfermedad infecciosa COVID-19, hubo mucha información pero también muchísima desinformación –a la que se le denominó infodemia—, esta difundida sin control principalmente por los grupos de WhatsApp, y que giró en dos sentidos: la automedicación y la promoción de la incredulidad del contagio atribuyéndolo a conspiraciones internacionales de todo tipo y la reciente en México de que en los hospitales se estaba matando a la gente aplicándoles una inyección letal. Lo absurdo de la información no fue limitante para creer en ella.

Pero si la infodemia –la información maliciosa y desinformativa—fue amplia y rápida, lo fue aún más la falta de una dirección clara y única en torno al curso de las acciones que se deberían tomar para la protección de las personas. Sin que ocurriera formalmente un debate, la información ha sido polémica hasta el momento. Ahora mismo, el pasado fin de semana, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, invitó a superar el miedo y a comenzar a salir con sus debidas precauciones; mientras que el gobernador Héctor Astudillo Flores decreta quince días más de cuarentena y declara obligatorio el uso de cubrebocas posteriormente.

Guerrero no es el único estado que está tomando providencias, prácticamente cada entidad asumirá las propias de la forma en que se le dé a entender, dependiendo de la gravedad en que se encuentre. Sin embargo, la invitación del Ejecutivo federal no deja de ser un ruido en los lugares en los que no se ha podido lograr mantener la inmovilidad social, como es Acapulco, en donde gobierna una alcaldesa postulada por Morena, el mismo partido que el del presidente López Obrador. En cada lugar las afectaciones han sido diferentes y estas no han sido tomadas en cuenta, en la invitación a dejar la cuarentena.

El problema del COVID-19 tiene mucho que ver con lo planteado por el sociólogo norteamericano Talcott Parsons en “el rol del enfermo”, en su libro “El sistema social”. Parsons señala que la salud se encuentra íntimamente ligada en el funcionamiento del sistema social, porque un nivel alto de enfermedad causa disfunción social, debido a que un padecimiento incapacita a quien lo afecta a cumplir sus roles sociales, es decir, lo impide a realizar sus actividades laborales.

De los cuatro aspectos del rol del enfermo, el primero es precisamente la excepción de sus responsabilidades normales; el segundo es que no puede ponerse bien por su propio gusto y por lo tanto requiere ayuda para cambiar su condición; el tercero es una situación indeseable de la cual espera salir pronto; la cuarta es buscar ayuda competente para salir de esa situación indeseable.

Estos roles del enfermo implican una situación, que por lo general es la que hace postergar la busca de la ayuda, el guardar cama. Esta resistencia hace que la gente tenga que ir al médico cuando sus dolencias son insoportables y el estar encamado es un resultado de esa situación, es decir, ya está naturalmente incapacitado. Y aún así hay quienes se resisten a dejar sus actividades normales.

El COVID-19 fue más allá, porque no solo incapacitó a los enfermos, quienes tuvieron muchas dificultades al asumir su rol de enfermo para no dejar de realizar sus funciones sociales, principalmente la de proveedor económico, es decir, aquellos que no podían dejar de trabajar, sino el de la propia familia o cercanos, que también por protección ante la infección o convertirse en un foco de contagio, también tenían que aislarse socialmente.

En una sociedad tradicional e históricamente afectada por el desempleo, y ocupada en actividades informales en la calle, cuya fuente de ingreso es precisamente la movilidad de las personas, y los lugares mejor cotizados es donde hay mayor tránsito de gente, es decir, donde hay mayor aglomeración, el COVID-19 fue visto con mayor escepticismo, por las implicaciones en la disfunción social y económica.

Por esta razón es que los mensajes contradictorios de los ejecutivos federal y estatal no dejan de ser preocupantes, porque ahí hay un “cuidado, cuídense”, y en el otro hay un “sálvense quien pueda”. Así que cada quien tendrá que tomar el que mejor le convenga.

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