En defensa de la libertad de expresión

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La libertad es, sin duda, el máximo valor de la vida humana. Nacemos con libertad. Esta la poseemos independientemente de que un ordenamiento jurídico lo reconozca o no. Dentro de estos derechos naturales, tenemos la libertad a expresarnos libremente. La libre expresión de las ideas es y será siempre el motor del progreso social y cultural.

Esta libertad ha pasado por diferentes momentos hasta llegar a conformar el mosaico contemporáneo de realidades que hoy sirven de escenario para que la podamos ejercer. Thomas Macaulay, quien fuera diputado de la Cámara de los Comunes británica, e inspirándose en el escritor Edmund Burke, afirmó que “la galería del parlamento donde se sientan los periodistas se ha convertido en el cuarto poder del reino”, en referencia al papel que ya desde entonces desempeñaba la libre manifestación de ideas para señalar el comportamiento de quienes ejercían el poder. Era el momento de la gran discusión nacional, originada por un texto incisivo y punzante del poeta John Milton, Areopagítica, a favor de la libertad de imprenta, la libre difusión y correlativa discusión del pensamiento como medio para alcanzar la verdad. Y qué decir de John Stuart Mill con su publicación Sobre la libertad, que retomaba el pensamiento miltoniano como abogado de la libertad de expresión.

Es importante resaltar que la libertad de expresión, como baluarte de las democracias modernas, no se en-tiende como un derecho absoluto, sino que se encuentra en colisión con una serie de derechos igualmente valiosos. En el arduo camino hacia la democracia, la libertad de ex-presión aparece como el primer elemento indispensable por el que todo Estado responsable debe dar contundente respuesta. Esta libertad se constituye como uno de los derechos fundamentales más importantes de cualquier Estado constitucional porque permite, en gran medida, ejercer los demás derechos.

En México, la libertad de expresión transitó por un largo camino para llegar a ser el derecho que ahora todos disfrutamos. Desde la Constitución de Apatzingán (1814) se reconoció al gobernado, como garantía individual, el derecho de manifestar libremente sus ideas, pero con determinadas limitaciones, sobre todo la de no atacar al dogma religioso. En este sentido, su artículo 40 disponía: “[…] la libertad de hablar, de discurrir y de manifestar sus opiniones por medio de la imprenta no debe prohibirse a ningún ciudadano a menos que en sus producciones ataque el dogma, perturbe la tranquilidad pública u ofenda el honor de los ciudadanos”.

Por su parte, la Constitución centralista de 1836 también consagró la garantía de la libre manifestación de las ideas por medio de la imprenta en su artículo 2.º, fracción VII, que disponía: “Son derechos del mexicano: VII: Poder imprimir y circular, sin necesidad de previa censura, sus ideas políticas”. Las Bases Orgánicas de 1843 también instituyeron dicha garantía en su artículo 9.º, fracción II, que decía: “Ninguno puede ser molestado por sus opiniones; todos tienen derecho para imprimirlas y circularlas, sin necesidad de previa calificación o censura. No se exigirá fianza a los autores, editores o impresores”. El Acta de Reformas de 1847, que volvió a poner en vigor la Constitución Federal de 1824, re-produjo el articulado de este ordenamiento con las reformas o innovaciones inspiradas por la experiencia, por lo que, en materia de libertad de manifestación de las ideas, remite a dicho Código Constitucional. La Constitución de 1857, en sus artículos 6.º y 7.º, consagró dicha garantía individual concibiéndola esencialmente en los mismos términos que la actual Constitución de 1917, consagrando la libertad de expresión de las ideas y el derecho a la información pública.

Los mexicanos debemos apoyar el papel del buen periodismo en la construcción de un país más justo y en el control de los poderes públicos. Hay que reconocer que en muchos países del mundo, e incluso en nuestro país, la reacción de algunos gobernantes ha sido denigrarlos. El presidente Trump, de Estados Unidos, en uno de sus tuits afirmó que los medios de comunicación que publican noticias falsas no son sus enemigos, sino los de todo el pueblo estadounidense. En México, el presidente de la República, López Obrador, se ha confrontado con diversos miembros de la prensa mexicana llamándolos “chayoteros”, “conservadores”, “corruptos”, entre otros calificativos.

Nos pronunciamos por que nuestros gobernantes sean los principales promotores de la libertad de expresión a través de la instrumentación de políticas públicas que permitan un ejercicio libre y verdadero, favoreciendo la diversidad de opciones informativas y de análisis, respaldando el pluralismo de voces, el derecho de grupos diversos a difundir y recibir contenidos especializados, así como apoyar la variedad de expresiones públicas, cultura-les, académicas y artísticas.

 

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