Estado narco

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En 1984, el narcotraficante sinaloense Rafael Caro Quintero, con apenas 29 años de edad, propuso al gobierno de Miguel de la Madrid pagar el total de la deuda externa mexicana, que ascendía a poco mas de 80 mil millones de dólares, a cambio de que el Gobierno federal lo dejara “trabajar en paz” para sembrar cultivos de mariguana y goma de opio durante dos años. ¡Se escandalizó la liga de la decencia, pues el asunto fue muy sonado! El régimen de Miguel de la Madrid hizo como que la virgen le hablaba y no respondió públicamente a la propuesta de Caro Quintero, quien siguió trabajando en el negocio hasta que el 7 de febrero de 1985 ardió Troya con el asesinato del agente de la DEA norteamericana, Enrique Camarena Salazar, a razón de lo cual Estados Unidos apretó las tuercas al gobierno mexicano para retirar del negocio de las drogas a Caro Quintero, quien obtenía millonarias cosechas de la hierba mala en el Rancho El Búfalo, en Chihuahua, y en otros puntos estratégicos del llamado triángulo dorado del narco, entre los estados de Sinaloa, Durango y Chihuahua.

Rafael Caro Quintero sería detenido en Costa Rica. Le fueron decomisados la casa donde se le encontró, un arma chapada en oro con incrustaciones de diamantes, 300 mil dólares en efectivo, joyas por un valor de un millón de dólares, dos carros de lujo; también cuatro propiedades valuadas en mil 900 millones de dólares. Sus inversiones en aquel país centroamericano rebasaron los dos mil 500 millones de dólares. Al capturarlo, la policía encontró a Sara Cristina Cosío Vidaurri, hija del exsecretario de Educación de Jalisco y sobrina de un exgobernador de esa entidad, quien presuntamente estaba secuestrada, pero en sus declaraciones la joven rechazaría la versión del secuestro, pues dijo: “Yo no estoy secuestrada… yo estoy enamorada de Caro Quintero”.

La deuda externa mexicana siguió creciendo exponencialmente hasta alcanzar hoy más de 350 mil millones de dólares y el negocio del narcotráfico también siguió como la espuma: ¡Sube y sube y sube!, contando con el aval de algunos gobernantes en turno, que siempre se manejaron con un doble e hipócrita discurso cuando en realidad lo que se gestaba en México era un narcoestado que nos viene desde la Segunda Guerra Mundial, como lo veremos en un capítulo aparte. Algunas de las campañas electorales de esos gobernantes serían costeadas íntegramente por el narcotráfico. Usted sabe, el que paga manda.

¿Por qué hago historia? Mire usted:

El pasado 2 de enero del 2020, Andrés Manuel López Obrador soltó un misil de largo alcance cuando acusó desde Palacio Nacional que tanto los gobiernos priistas como panistas estuvieron infiltrados; es decir, que las mafias del narcotráfico tuvieron a sus representantes cogobernando desde las estructuras del Estado mexicano.

El asunto tuvo inmediatas repercusiones en los círculos del poder y no pocos se preguntan ahora si López Obrador limpió ya la casa o solamente se ésta curando en salud. Recuérdese que la captura y liberación del Chapito, Ovidio Guzmán, la tarde del 17 de octubre del 2019 en Sinaloa, se vio frustrada gracias a que desde la mismísima Secretaría de Seguridad que encabeza Alfonso Durazo le pasaron el pitazo a los jefazos del Cártel de Sinaloa, quienes prepararon el rescate con más de 700 sicarios armados hasta los dientes e hicieron morder el polvo al régimen de los “abrazos y no balazos”.

 

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