Forma y fondo

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“La forma es fondo” era la frase que el ideólogo del sistema priista, Jesús Reyes Heroles, empleaba para definir las acciones sucias en la pulcritud de los asuntos políticos en México.

Y la cita del tuxpeño le queda como anillo al dedo al autoproclamado régimen de la “Cuarta Transformación”, que, utilizando un simulador y doble lenguaje diplomático y político, se metió en un gravísimo conflicto diplomático con Bolivia, asunto que ya cundió a España, otras naciones europeas y latinoamericanas, y todo por defender a un dictador y delincuente electoral llamado Evo Morales.

Por desgracia, AMLO no cuidó ni las formas ni el fondo en dicho caso; entonces, ¿dónde estuvo la falla que hoy exhibe a México como una nación injerencista cuando el presidente de la República lo niega?

Nadie, absolutamente nadie en su sano juicio, discute que AMLO le haya otorgado asilo político o la protección humanitaria, como lo consagra el derecho internacional, a Evo Morales. ¿Dónde estuvo el meollo entonces?

El problema comenzó cuando AMLO, antes que ningún otro gobernante latinoamericano, reconoció a Evo Morales como mandatario reelecto de Bolivia por cuarta ocasión a sabiendas de que hubo perversos trastupijes electorales para que se perpetuara en el poder, como lo pudo constatar días después la Organización de los Estados Americanos (OEA), que, sin ambages, recomendó al mandatario boliviano reponer el proceso electoral para acabar con el hipo en momentos en que ya se le echaban encima los opositores conservadores de la derecha y, sin faltar, el ejército boliviano.

Cuando Evo Morales decide renunciar, AMLO, de manera sospechosa, envió a Bolivia un avión de la Fuerza Aérea Mexicana para trasladar contra viento y marea al mandatario a México, quien agradeció que el gobierno mexicano le haya salvado la vida.

AMLO y su canciller Marcelo Ebrard incurrirían después en nuevas acciones injerencistas y sin cuidar en lo mas mínimo las formas y el fondo, que, por cierto, en la diplomacia internacional dicen mucho.

Ambos comenzarían a hablar del golpe de Estado contra Evo Morales tachando al régimen encabezado por la señora Jeanine Áñez Chávez de ilegítimo, que tampoco cuidó las formas que mandata la Constitución boliviana para su elección coyuntural.

Pero, además, AMLO permitió que Evo Morales utilizara a México como trampolín político para desestabilizar mediante el estrangulamiento de alimentos a Bolivia, que quedó en constancia en un audio, cosa que no le perdonan sus opositores.

Todo ese activismo, sin cuidar formas y menos el fondo, desencadenaron en la expulsión de María Teresa Mercado, la embajadora de México en Bolivia, y de paso metería a España en el conflicto que hoy no halla el gobierno de AMLO cómo resolverlo.

El conflicto diplomático con Bolivia tendría su punto más álgido cuando en plenas fiestas navideñas el expresidente boliviano, Jorge Quiroga, tachó a López Obrador de ser un “servil, sumiso y cínico hacia Donald Trump y un cobarde matoncito”; hasta lo embarró en cuestiones de narcotráfico, cosa que ni Dios padre se lo quita. AMLO le sacó al parche diciendo que no caería en provocaciones.

De pronto, saldría como por arte de magia don Arturo Zaldívar Lelo de Larrea, el mero mero de la tremenda Corte, a defender a AMLO y sin cuidar las formas y el fondo arremetió contra el expresidente boliviano Jorge Quiroga dejando con ello en claro su lacayismo hacia el presidente de la República y evidenciando que los mexicanos no tenemos un Poder Judicial independiente, sino de rodillas al presidente, como tantas veces lo cacarea el ministro presidente apodado hoy la Foca por aquello de que se ha convertido en el principal aplaudidor de AMLO.

Pero me pregunto: ¿quién pidió mariachis? ¿Qué necesidad había de que Lelo de Larrea se metiera en el terreno barrido en el que se metió Andrés Manuel López Obrador y su canciller Marcelo Ebrard?

¡A eso se le llama no tener oficio político ni cuidar las formas y el fondo!

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