Informe, mensaje, todo cambia

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La historia de las presidencias en México es que todas cambian para que todas sean iguales. Hasta durante los 70 años de gobierno emanados del Partido Revolucionario Institucional (PRI), todos los presidentes se comportaron diferentes pero fueron iguales, algunos más serenos, otros más locuaces y excéntricos, fueron aplaudidos; y al final y al cambio fueron denostados. El presidente que encabeza la Cuarta Transformación es de ese mismo plumaje.

En los últimos 18 años de alternancias políticas en el país, en el que han gobernado el PAN, el PRI y ahora Morena, el informe del presidente de la República ha cambiado solo en sus formatos. Desde que a finales de los 80 Porfirio Muñoz Ledo interpeló al presidente Miguel de la Madrid, el Congreso de la Unión dejó de ser el escenario para el lucimiento personal; algo que definitivamente sufrió cambios legales a partir de la presidencia de Felipe Calderón Hinojosa, cuando no se dieron las condiciones para presentar el informe desde las tribunas parlamentarias.

Presentar el informe ya no era seguro en el Congreso, pero se cambió a otros escenarios en los que se pudiera hablar sin problemas durante varios minutos, para enviar un mensaje del estado que guardaba la nación, que no otra cosa es el informe. Los informes, según la Constitución, se tienen que presentar cada año ante el Congreso, y posteriormente los miembros del gabinete se tienen que presentar a la glosa del documento, es decir, a discutir sobre el informe con los legisladores.

Ahora, es decir el domingo, el presidente presentó oficialmente el primer informe de labores al Congreso tal como lo dicta el artículo 69 de la Constitución, que señala que en la apertura de sesiones ordinarias del primer periodo de cada año de ejercicio del Congreso, presentará por escrito un informe que guarda la administración pública del país, asimismo, cada una de las cámaras realizará un análisis del informe y solicitará al presidente ampliar la información mediante preguntas por escrito y solicitar a los secretarios de Estado y a los directores de las entidades paraestatales a comparecer.

El presidente entregó su primer informe, pero ante la sociedad para fines publicitarios presentó su mensaje a la nación, similar al realizado por cualquier otro presidente, un mensaje a la nación pero titulado como “Tercer Informe” y la polémica innecesaria fue mayor. Y así las cosas cambiaron, pero siguen igual.

Que el presidente de México vaya desnudo y todos elogien su ropaje es una tradición en el país. Que al cambio de presidente todos se percaten que el mandatario que salió caminó desnudo todo su periodo, es también una tradición. Todos los excesos y actividades excéntricas de los presidentes y parentela, se conocen posteriormente y pasan a formar parte del anecdotario político.

Denominar tercer informe al mensaje de la nación en torno al primer informe de labores, y luego justificarlo con esfuerzos y gimnasias verbales es parte de las acciones de distracción, las cortinas de humo para desplazar las verdaderas discusiones y debates.

La distracción busca desenfocar los problemas que prevalecen en el país y que son herencia de los gobiernos anteriores, de los cuales no hay ninguna duda, pero no se ven lo visos de solución.

Que ahora se pretenda culpar y justificar la falta de respuesta y solución a los problemas que se han agravado, con la idea de que antes no se quejaban o protestaban, no es cierto, tan no es así que el triunfo electoral fue con 70 millones de votos a favor de un cambio para que cambiara todo, y no para que todo continuara igual.

O al menos que se crea que llamar tercer informe al primer informe sea considerado como una gran transformación.

 

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