La candidata de AMLO

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Claudia Sheinbaum, gobernadora de la Ciudad de México, está en precampaña y como tal no puede decir en qué anda, pero con la anuencia y el apoyo del presidente Andrés Manuel López Obrador ya comenzó sus actividades con el 2024 en la mira. Luego de que el Ejecutivo ade-

lantara el proceso de sucesión presidencial, en el cual anotó también al titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y excluyó al senador Ricardo Monreal. La semana pasada la mandataria ya estuvo en la toma de protesta de la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, al igual que en Guerrero con Evelyn Salgado, está acumulando millas en las aerolíneas con viajes a Guanajuato, Baja California y Colima, en lo que es un evidente placeo, que no tienen ni Ebrard ni Monreal.

A pesar del apoyo del presidente, Sheinbaum no la tendrá fácil con los contendientes de la interna de Morena. Ni Ebrard ni Monreal son personajes que se amainen, muy por el contrario, ambos ya dieron sus brazos a torcer en procesos políticos anteriores; el secretario de Relaciones con el mismo López Obrador en las elecciones del 2012 en la que cedió sus aspiraciones de ser candidato presidencial, cuando recién dejaba de ser gobernador de la Ciudad de México. El senador Ricardo Monreal hizo lo propio con Sheinbaum cuando se seleccionó la candidatura a gobernador de la Ciudad de México, que la benefició.

López Obrador está en un proceso que reedita al sistema presidencialista mexicano que prevaleció hasta Carlos Salinas de Gortari, en el que el presidente designaba a su sucesor y argumentaba que el nombre surgía después de una acuciosa interna del partido. Ernesto Zedillo ya no cedió a la tentación y públicamente manifestó que con el PRI él mantendría una sana distancia y que se cortaría el dedo presidencial, que designaba al candidato.

Vicente Fox Quesada tampoco designó a su candidato, aunque quiso descarrillar a la candidatura de López Obrador. Pero Felipe Calderón, quien fue el candidato panista, no era el que Fox quería. Desde Zedillo ya no era el presidente quien define al candidato, sino hasta ahora que se recurre de nuevo al sistema.

Sin embargo, las intenciones de López Obrador como eje de la balanza, como también se llamaba al presidente en aquellos tiempos en que designaba a su sucesor, no consideran que son otros tiempos. Ni el escudo protector presidencial la garantía de triunfo.

Ebrard y Monreal provienen de un carácter rupturista que les ha permitido llegar hasta donde están, el primero que se formó con Manuel Camacho Solís que rompió con Salinas de Gortari luego de no ser postulado por el PRI, quien lanzó a Luis Donaldo Colosio. El segundo terminó su militancia priista cuando le negaron la candidatura a gobernador de Zacatecas por el PRI y fue postulado por el Partido de la Revolución Democrática.

De tal manera que con la fuerza que tiene todavía Morena no pertenece de manera monolítica a López Obrador, sino al cúmulo de generales que todavía detentan poder en sus respectivos territorios y se alinearán a los demás contendientes, no solo a la dupla AMLO- Sheinbaum.

El escenario que se pinta, frente al 2024, no es tan terso como se ve en la contienda Morena contra el resto de los partidos que se puedan coaligar en el Sí por México. No, de ninguna manera, al igual que pasaba cuando el PRI era el partido hegemónico, la pelea real estará en el interior del partido dominante. Y para resultar candidato se despojarán de todas las prendas de sentimentalismo barato que ahora los une.

Cuando López Obrador anunció los nombres de los aspirantes a sucederlo, en realidad pidió que cerraran las puertas porque la pelea en el palenque iba a comenzar y a partir de ese momento, comenzaron las apuestas y lo que comenzó fue la Realpolitik, en la que ni él dejará de salir raspado.

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