La crisis constante, pretextos sin fin

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Desde hace más de una década el Estado mexicano se encuentra sumido en una profunda crisis en la principal función que tiene como Leviatán, que es el monopolio legítimo de la fuerza. Hasta el momento tres partidos políticos y tres presidentes se encuentran sin dar resultados esperados en torno a la seguridad y la reducción de la violencia provocada por los grupos criminales que pululan en el país.

La reciente masacre de integrantes de la familia Le Baron, un afamado clan productivo que sobresalió por su activismo luego de que fueron víctimas precisamente de secuestros y asesinatos; reavivó el fuego que apenas se estaba amainando por la captura y liberación del hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, Ovidio Guzmán. El trágico acontecimiento llevó a ofrecer al presidente de Estados Unidos, Donald Trump a ofrecer los servicios del ejército estadounidense para librar la guerra en contra de los cárteles del narcotráfico mexicano. La oferta fue rechazada por Andrés Manuel López Obrador.

Desde el 2006 el Estado mexicano, con el inicio de la denominada guerra contra el narcotráfico emprendida por el presidente Felipe Calderón Hinojosa, ha sido bastante criticada por el actual Ejecutivo. La estrategia de Calderón se dedicó al empleo de las fuerzas federales, y continuar con el descabezamiento de los grandes cárteles del narcotráfico, algo que ya se había dado en otros gobiernos. Lo mismo con la estrategia de impulsar siembras lícitas en lugar de sembradíos ilícitos, como la marihuana y la amapola.

De alguna u otra forma, lo que ofrece el presidente estadounidense, al igual que las maniobras ya mencionadas, el descabezamiento de los grupos criminales, las alternativas agrícolas y la intervención militar se aplicaron en Colombia, principalmente, todas sin éxito alguno. Fue la amenaza de la extradición de los capos criminales lo que provocó un cambio en el país sudamericano, el temor a ser buscados por la justicia norteamericana y ser sentenciados en sus cárceles cambió los patrones comerciales.

Los colombianos dejaron de introducir drogas a Estados Unidos y se aliaron con los cárteles mexicanos a finales de los 90 para que ellos lo hicieran a cambio del pago en especie y México dejó de ser un país de paso para ser intermediario y se abrió el inmenso negocio del narcomenudeo. Las grandes ganancias, con grupos pelándose el liderazgo inició la violencia que tenemos ahora.

A esas ganancias no sólo por la venta sino por la ampliación de las actividades ilícitas, se crecieron en armas y poder que ha metido en una crisis constante al Estado mexicano que no atina cómo atender el problema. Estas crisis recurrentes que se han dado en diferentes momentos y las más presentes tienen que ver con la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la detención y liberación de Ovidio Guzmán, así como la masacre de la familia Le Barón son de las más importantes hasta el momento.

La narrativa gubernamental hasta el momento ha sido la de evadir la realidad, generar distracciones, pero en torno al problema de la violencia e inseguridad todas las explicaciones posibles chocan con ese espantoso escenario que se esmeran los grupos criminales en recordarnos, cada cierto tiempo, que están ahí presentes.

El actual gobierno se esmera en criticar por la fallida estrategia del pasado gobierno; los del pasado gobierno critican la estrategia actual. Pero entre las fallas del pasado y las del presente, los ciudadanos de a pie no tienen quien los defienda. Es una herencia, sí; es una herencia maldita, es cierto, pero ¿qué se está haciendo para resolver eso? O ¿acaso continuará también infinitamente ese echarse la bolita? ¿En serio una herencia no se puede cambiar? Todas estas preguntas esperan respuestas.

A toda esta crisis constante de inseguridad, el gobierno ha demostrado que tiene pretextos sin fin, pero ninguna respuesta.

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