“LA INQUISICIÓN”. El Santo Oficio

“LA INQUISICIÓN”. El Santo Oficio

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Andando de visita en iglesias coloniales de CDMX, me encontré un folleto en la entrada de una de ellas, me costó ocho pesos, titulado “La Inquisición”, que escribió “el Ing. German Herrasti bajo el seudónimo de Pedro Sembrador” editado por la Arquidiócesis Primada de México, 2015. En este se dice cómo funcionó y para qué; nada ha cambiado en los sistemas de control hacia la población por las dictaduras de derecha e izquierda, gobiernos aunque hayan sido electos y grupos de poder económicos . El tribunal religioso —ahora civiles— “aplicaba los procedimientos judiciales de esa época”. No han cambiado.

“Los jurados populares” que se establecían siempre han existido para legitimar los horrores contra los libres pensadores o enemigos políticos que consideraban los que estaban en el poder. El linchamiento mediático antes era igual: la “chusma”, lista para agredir a los “pecadores”. No había antes redes sociales, que ahora suplen en mucho a los linchadores.

La Inquisición, institución del horror creado por los reyes “católicos” Fernando e Isabel de España, apoyados por la Iglesia católica para desterrar a los judíos y musulmanes de aquel país, ese fue el pretexto, santificados por el papa Sixto IV.

Tomás de Torquemada fue el primer inquisidor nombrado por esos reyes y le dio organicidad y normas para su existencia. Este Santo Oficio se extendió a las colonias españolas, portuguesas y en todos los lugares donde existiera la Iglesia católica. También en otras religiones se usaron y siguen practicándolo con creces en países árabes y africanos.

Torquemada, creador de esta barbarie humana que ahora y en la historia de la humanidad se ha seguido practicando y en la vida política la vemos reproducir hasta en leyes y jueces inquisidores. Obvio, estoy generalizando.

La Inquisición funcionaba llevando en secreto los procesos: el acusador permanecía en el anonimato, bastaban las denuncias verbales, siempre para atacar a los enemigos de la Corona, de los poderosos del momento y, desde luego, de la Iglesia. Así desterraron a los judíos de España y a la religión musulmana y después usaron esas hogueras para que en tres siglos se controlaran a los países coloniales, desde luego a México. Esa fue la base de la “justicia” para los del poder en América Latina y en México , prácticas que los estados siguieron usando.

Formalmente, el Santo Oficio, la Inquisición, funcionó con ese nombre y bajo la autoridad de la Iglesia católica hasta el siglo XIX. Después, funcionó con otro nombre y bajo la autoridad de gobiernos civiles o aristocráticos. Nos dice Pedro el sembrador que “en los procesos se seguían cuatro pasos”: 1) El que desempeñaba la policía aprehendiendo al acusado, interrogándolo e instruyendo el proceso; 2) el que desempañaban en el juicio los jurados, que son los ciudadanos que dictaminan simplemente si el acusado es o no culpable; 3) el que desempeña el juez dictando la sentencia que corresponde al acusado de acuerdo con los códigos penales, y 4) el que desempeñan los carceleros o el verdugo cumpliendo dicha sentencia.

El actuar del Santo Oficio eran siete pasos:

1) Los procesos se hacían en secreto y solo bastaba la acusación oral y nunca se decía el nombre del acusador. 2) El uso de la tortura para lograr la confesión del acusado (“era la costumbre y el Santo Oficio aplicaba las costumbres”). Desde luego, en la tortura tenían que confesar a sus cómplices; por eso las atrocidades a través de los tormentos, que por muchos años fueron expuestos en la vieja Escuela de Medicina de la UNAM en la Plaza de Santo Domingo, en CDMX, donde estaban las hogueras. 3) La muerte pública en la hoguera y luego el traslado a la capilla de los arrepentidos, también en la Plaza de Santo Domingo, ahora cerrada y abandonada por los sismos. 4) LA CONFISCACIÓN DE BIENES DE LOS ACUSADOS (la mitad se la quedaba el gobierno y la otra era para el acusador anónimo). En fin, nada cambia en la historia de la humanidad, solo fechas y modos.

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