La irresponsabilidad en la emergencia

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A diferencia de otros países, en México, tal parece que hay una competencia por ver quién comete más actos de imprudencia en estos momentos en que se declara la emergencia por la pandemia del coronavirus o COVID-19. Hasta el momento, el único que ha sido capaz de reconocer que cometió errores fue España y está pagando las consecuencias del descuido. Aquí, en el país, un gran número de personas tal parece que está compitiendo con el gobierno por cometer el mayor número de irresponsabilidades, que seguramente cobrará sus víctimas en cualquier momento.

Aunque gobierno y sociedad ya tienen seguramente a quien culpar por las consecuencias, en este cúmulo de irresponsabilidades, al final de cuentas, oficialmente y ante la historia, será el Gobierno federal quien cargue para la posteridad con la responsabilidad de no haber atendido a tiempo ni de la mejor forma las recomendaciones emitidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS). No ahora, porque el Gobierno federal sigue con la práctica cotidiana desde que comenzó su administración de culpar de todo a neoliberales, conservadores y a Felipe Calderón.

El Gobierno federal ha cometido sus propios yerros: el presidente ha hecho los propios, como las reuniones masivas de los últimos días; la Subsecretaría de Salud, desacreditando a la Secretaría de Educación Pública de que no es tan necesario suspender clases aunque sea una recomendación de la OMS. Aunado a la falta de información uniforme, se envían noticias y advertencias contradictorias entre las propias instancias gubernamentales.

Por sí, los errores del gobierno no son únicos, el caldo de cultivo se alimenta con la irresponsabilidad social de no tomar en cuenta no solamente la información gubernamental de México, que no ha dado una, sino la información de la OMS y las experiencias de otros países que superaron la enfermedad. No solo demostraron una disciplina a la que los mexicanos no están acostumbrados, sino que demuestra que el sentido común a veces es el menos común de los sentidos.

Para muchos se trata de una enfermedad de ricos, de aquellos que podían salir del país, pero nunca se percataron que aquellos, por ejemplo, los de Acapulco, aunque no salgan de la ciudad, atienden a los que vienen de fuera y tienen casas de descanso aquí o se hospedan en los hoteles donde trabajan los de la Zapata, Renacimiento, Progreso, Jardín, cualquiera de las colonias populares de la ciudad, además de las cadenas comerciales a las que acuden los que tienen una segunda residencia en este destino turístico.

Esta cadena de relaciones y convivencia social no fue considerada ni por el gobierno ni por la sociedad, ocupada como estaba, en compartir cadenas de mensajes de WhatsApp que se empeñaban en desmentir esa enfermedad, asegurar que se trata de un complot de las grandes empresas capitalistas o cualquiera de las teorías conspiracionistas que se desatan en estas circunstancias.

Esta coincidencia de irresponsabilidades entre el gobierno y la sociedad generó la tormenta perfecta, cuyas consecuencias todavía no se pueden prever ni cuantificar. Ojalá y no ocurra nada que lamentar, pero, de ocurrir, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador pasará a la historia no como el primero de la izquierda en alcanzar el poder y lograr una transformación de México, sino por no saber cómo actuar ante una emergencia mundial. Por esas consecuencias, no será juzgado en términos inmediatos, pero a la larga le afectará y empeñará.

La Organización Mundial de la Salud ha señalado de manera dramática de que no se trata de un simulacro, sino de una cuestión que merece toda la seriedad, sobre todo porque se trata de una enfermedad no mortal que está siendo muy letal por las circunstancias. Los países que superaron la enfermedad o que están a punto de hacerlo es debido a que tomaron las providencias necesarias, recomendaciones que se hicieron extensivas para evitar las consecuencias, pero acá no se atendieron ni pronta ni completamente nomás porque como México no hay dos…

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