La movilización social en México

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Durante mucho tiempo, el movimiento social disidente en México fue una minoría frente a la capacidad de movilización social del Partido Revolucionario Institucional (PRI), cuya paradoja era la desmovilización porque solo se hacía para refrendar el apoyo al gobierno, a los candidatos de ese partido o a las políticas.

Por eso pasaron a la historia las acciones de los maestros en 1958, ferrocarrileros en 1959, médicos en el 64, estudiantes en 1968.

Todos esos movimientos fueron de izquierda y dieron origen a líderes históricos del Partido Comunista; esas movilizaciones sociales comenzaron con demandas sencillas y terminaron por desafiar al estado autoritario, que no tenía mucha tolerancia con los movimientos disidentes

Esa intolerancia acabó por abrir una puerta al único recurso que les quedó y fue la violencia guerrillera.

Las movilizaciones que alentaba el PRI-Gobierno fueron las organizadas por sus sectores corporativos y gremiales; la de la CTM de los obreros, la CNC de los campesinos, la de la burocracia adherida a la CNOP y esos movimientos no eran para protestar ni para exigir, eran para agradecer las graciosas concesiones de las autoridades. Fueron los tiempos del corporativismo y clientelismo de Estado, no se conseguía trabajo, no se conseguían ascensos, si no era a través de estos sectores del PRI y el apoyo de masas para el gobierno. Era la movilización para la desmovilización porque no era para exigir, sino para agradecer y apoyar al gobierno y a su partido.

Quienes quisieran actuar fuera de estas agrupaciones estaban en la disidencia y como tal eran tratados porque permitirlos era ir desgranando el espíritu del corporativismo y disminuir el apoyo masivo a un gobierno que, conforme nacían y crecían las ciudades, no dejaba muy contenta a la población.

Las demandas de los ferrocarrileros, médicos, maestros y estudiantes, que fueron las más fuertes, no eran al principio causas difíciles, pero fue la cerrazón del Estado que las convirtió en desafiantes de su autoridad.

Lo que ocurre ahora mismo con el gobierno de Morena, al igual que el PRI-Gobierno, es una reedición de los tiempos modernos de aquellos lodos.

La convocatoria para que el 9 de marzo no salgan las mujeres a las calles ni a trabajar, ni a las escuelas, en protesta por los feminicidios, no es más que una demanda de cambio en las políticas públicas, algo demasiado sencillo; sin embargo, el gobierno de Morena, al igual que el PRI-Gobierno, reacciona de la misma forma que a mediados del siglo pasado. En aquel entonces fue la conjura comunista internacional la que impulsaba las movilizaciones; ahora, con el gobierno de Morena, es la conjura de la derecha y convoca a la desmovilización.

No es algo nuevo, así como el PRI-Gobierno señalaba a la conjura comunista internacional las movilizaciones estudiantiles del 68, igual lo hizo la URSS en Checoslovaquia con la denominada Primavera de Praga, en la que acusó a la conjura capitalista internacional. Nada ha cambiado, solo apenas los hombres que ofrecen los mismos discursos necios.

Los intentos de desmovilizar desde el gobierno las actividades del 9 de marzo van desde la descalificación, de que se trata de un movimiento impulsado por la derecha mexicana, hasta el insulto de que no se queden en casa a lavar los trastes.

Pero en esta narrativa hay algo que es verdaderamente interesante: la capacidad de romper con sus tradiciones y convicciones. La izquierda mexicana, con una larga tradición de movilización social y de protestas, cuyo repertorio de lucha ha sido la toma de instalaciones y bloqueos, las marchas en favor de sus creencias, ha renunciado a estos repertorios ahora que es gobierno.

Y pensar que estos movimientos son precisamente porque no han podido cumplir con una agenda mínima que satisfaga a quienes protestan; entonces, recurren a la desmovilización, pero buscan la movilización social a favor.

Se parecen tanto al PRI.

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