¿La solución…? ¡Copiar!

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Si quienes encabezan el gobierno insisten en tratar de gobernar con recetas sacadas del bote de la basura de la historia de las doctrinas económicas y sociales, si creen que regalando el dinero público a raudales con supuestos fines asistencialistas, cuando en realidad se trata de una burda compra camuflada de votos para que Morena y sus huestes decimonónicas se eternicen en el poder, si piensan que así van a detonar el crecimiento económico que requiere el país de la misma forma en que un moribundo demanda la mascarilla de oxígeno, se equivocan de punta a punta.

Trump, Macron, May, Xi Ping o Moon Jae-in o Halimah Yacob, no echan mano del erario ni agotan el presupuesto público obsequiando dinero para generar riqueza en sus respectivos países, si bien recurren a diversos mecanismos para atraer capitales extranjeros y domésticos con el objetivo de impulsar el crecimiento económico con sus inmensas ventajas sociales.

¿Qué se trata de crear una atmósfera de certeza para la realización de negocios en un ambiente de tranquilidad y de certeza jurídica para arraigar a la mayor cantidad de capitales del mundo entero con el propósito de elevar los niveles de bienestar de la sociedad? ¡Pues a crearla! ¿A reducir el Impuesto Sobre la Renta a cargo de las empresas del 35 al 20% para convencer a la comunidad financiera internacional de que Estados Unidos es el país de la oportunidad? ¿Sí…? A bajarlo entonces con los debidos cuidados y riesgos.

¿Qué se requieren garantías laborales y sindicales para asegurar la estancia de los ahorros foráneos en la economía china? Xi Jinping es dueño de la receta por haber hecho de China la segunda potencia mundial. ¿Qué Corea del Sur hace 50 años padecía niveles de pobreza peores a los mexicanos y hoy es una potencia planetaria con un ingreso per cápita de 30,000 dólares?

¿Qué hicieron en Finlandia en materia de educación y en Noruega en lo relativo a la extracción de petróleo al extremo que al día de hoy cuentan con reservas monetarias de más de 900 mil millones de dólares, entre otros datos tan ejemplares como envidiables? Si algo habría que acreditarle a la administración de Peña Nieto fue la ejecución de las llamadas reformas estructurales que López Obrador desmonta aceleradamente para dar marcha atrás; de nueva cuenta, a las manecillas oxidadas de la historia de México, en lugar de copiar las probadas fórmulas de desarrollo económico instrumentadas por otros países que les han reportado gigantescos dividendos sociales a sus respectivas naciones.

¿Por qué no copiar? Sí, copiar, así, sin el menor pudor: copiar, copiar y copiar lo bueno, lo exitoso como sin duda lo es la construcción, antes que nada, de un eficiente Estado de Derecho y en paralelo llevar a cabo una reforma educativa para garantizar el triunfo de las futuras generaciones de mexicanos. ¿Cómo entender que AMLO haga exactamente lo contrario desde que no instrumenta un sistema de impartición de justicia y deroga la reforma educativa en un país de reprobados para arruinar el futuro de nuestros hijos y nietos?

¿Qué tenemos que aprender de Maduro o de los Castro o de Daniel Ortega o de Corea del Norte? Basta con poner un pie en esos países o conocer sus indicadores económicos como para encaminar las decisiones económicas y políticas a otras latitudes.

¿Por qué oscura razón AMLO hará todo al revés? No a la reforma petrolera, no a la reforma eléctrica, no a las energías limpias, no a la construcción de infraestructura, no al NAICM con sus inmensas ventajas económicas, no a la Reforma Educativa, no al aseguramiento de un clima de certeza para garantizar el flujo de la inversión nacional y extranjera, no al Estado de Derecho, no a un fiscal independiente, no a los organismos autónomos, no a la sociedad civil, no al respeto a los sectores productivos, no a la sensatez en el destino de los recursos públicos destinados a construir un tren y una refinería que nacerán muertos, entre otros objetivos fallidos en un país pobre y endeudado que no se debe permitir desperdicio alguno. Es la hora de copiar y no regalar el patrimonio público con perversos fines electorales. ¿Y cuándo se acabe el dinero?

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