La violencia contra la violencia

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La protesta por la violencia en contra de las mujeres realizada el viernes pasado en la ciudad de México tuvo un efecto paradójico, por los destrozos y las agresiones que ahí se dieron propiciaron una narrativa y un debate sobre la violencia de las mujeres en su protesta. ¿Cómo fue que se pasó de la protesta contra la violencia a la violencia de la protesta?, hay un sinfín de explicaciones y algunas justificaciones, pero el mensaje de que las mujeres están hartas de la violencia que va desde la sexual hasta los feminicidios degeneró en un debate maniqueo sobre las empatías.

En la protesta legítima y necesaria, no sólo para la causa femenina, sino para todos los mexicanos de todos los estados que han visto atropellado su derecho a la seguridad y protección de la integridad física y a cabalgante impunidad.

En la manifestación del viernes se agruparon también otros grupos, por un lado el de los provocadores que tienen como fin infiltrarse en este tipo de movimientos con el afán de desprestigiarlos generando actos de vandalismo; y por otro lado también el de grupos de anarquistas que no tienen en su agenda más que la abolición del estado y la propiedad privada, y para ello se cuelgan de movimientos sociales con demandas legítimas. Además de aquellos que considerando que su causa les autoriza mostrar su enojo con gestos violentos y también quienes se engancharon en esa posición y que como se ha manifestado en el debate en las redes sociales, creen que la violencia es la mejor forma de visibilizar la violencia que viven.

Por esto consideran que si criticas esos actos estas a favor de muebles e inmuebles y no sientes ninguna empatía por las mujeres que han sido violadas o asesinadas, esta posición maniquea no admite los matices ni medias tintas, no pueden admitir que puedes estar a favor de las mujeres pero en contra de actos vandálicos.

La violencia puede dar la nota del día, puede visibilizar un problema pero no significa que lo solucione. Ni siquiera la violencia revolucionaria como algunos pretenden ver o justificar. Las revoluciones violentas se comen a sus hijos.

La revolución francesa se comió primero a las mujeres que fueron quienes comenzaron los actos de protesta contra la carestía. La revolución rusa se comió a León Trostki. La revolución mexicana se comió a Madero, Zapata y Villa. Las revoluciones violentas se comen a sus hijos porque es la violencia la que se desata y no la educación cívica.

Hay revoluciones que se citan de inmediato para justificar la violencia, pero pocas veces se repara en movimientos pacifistas que a pesar de la violencia que vivieron no dejaron de actuar como tales, y como pacifistas son recordados.

Ahí está por ejemplo el máximo líder del movimiento contra el apartheid Nelson Mandela, quien en su juventud participó en grupos armados; pero es más recordado por su posterior posición de pacifista. Ahí está Mahatma Gandhi, quien contribuyó a la independencia de su país, la India, con la desobediencia civil no violenta. Ahí está Martin Luther King por los derechos civiles de los afroestadounidenses.

Esos son dos caminos de la movilización social, aquella que reivindica a la violencia como medio y la otra que interpela por la vía pacífica al Poder. Uno de los caminos aleja a la gente a pesar de la simpatía que pueda tener por un movimiento, que como en este caso es legítimo; el otro acerca a más adeptos a una causa.

El debate no es ponderar que tiene más valor si una pared o un inmueble o el cuerpo de una mujer mancillada; porque alegar sobre una u otra cosa es distraer la atención. El mensaje del viernes era manifestarse en contra de la violencia que sufren las mujeres, no sobre la violencia en una protesta de mujeres. Para muchos no hay ninguna duda que es necesario atender ese problema de inseguridad, pero la violencia no será el camino. Hay otros, que son pacíficos y que suelen tener mejores resultados.

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