La visión de Biden es la añeja de Keynes

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En la pasada columna comentaba acerca del balón de oxígeno de estímulos en la Unión Americana, consistente en 1.9 billones de dólares, que también irá acompañado con fondos cuantiosos para infraestructura.

Todos hablan de un programa sin precedentes y ponen sus esperanzas en que permitirá sostener el crecimiento norteamericano a mediano plazo, aunque algunas voces advierten de una salida de la crisis con un altísimo endeudamiento y un abrupto calentamiento de la economía con una inflación disparada; recientemente, el Índice de Precios al Consumidor en Estados Unidos, registró en abril su mayor alza en más de 12 años al ubicarse en 4.2 por ciento.

Sin embargo, desde el ámbito internacional, las economías más interrelacionadas con el aparato productivo y exportador-importador estadounidense celebran que esa inyección de recursos se traduzca en consumo y que las empresas ante la demanda vuelvan a reactivar sus pedidos por importación.

De acuerdo con el informe realizado por Euler Hermer y Allianz, titulado “COVID-19: Quarantined Economics”, por cada 1 % que Estados Unidos aumenta la demanda doméstica, sus importaciones lo hacen un 2.6 por ciento.

Después está un ambicioso plan de infraestructuras que llama a la modernización del país y a adecuarlo a una economía más verde y menos contaminante.

“China desde hace décadas gasta tres veces más en inversiones públicas en infraestructuras mientras que Estados Unidos ha pasado de destinar el 2.7 % de su PIB al 0.7 % del PIB a dicha asignatura; hay décadas de desinversión, un gran déficit para la potencia mundial”, indica la American Society of Civil Engineers.

Son 2 billones de dólares para ser invertidos durante tres quinquenios, varios políticos afines a Biden lo califican como el gran “Green New Deal” y otros como el mecanismo para retomar el liderazgo frente a China.

¿En qué consiste el plan de infraestructuras? En construir desde carreteras, puentes, puertos y aeropuertos con una dotación de 621 mil millones de dólares; para mejoras en el transporte público y ferroviario se han destinado 165 mil millones de dólares; estaciones para la recarga eléctrica de vehículos, agua potable, actualización de la red eléctrica, extensión de la banda ancha, de la fibra 5G, atención de las áreas rurales sin Internet o con poco suministro y remozamiento de edificios públicos; otro punto relevante es el cambio climático con partidas por 174 mil millones de dólares sobre todo para vehículos eléctricos; otro paquete de I+D+i con 180 mil millones de dólares.

A COLACIÓN

Lo novedoso es que serán destinados 400 mil millones de dólares hacia “infraestructura humana” en aras de atender un déficit en la conciliación familiar y otorgar permisos remunerados a nivel nacional para el cuidado de hijos o bien de familiares.

Biden ha decidido que un tramo de este “paquetazo” sea financiado en parte por un incremento en el impuesto de sociedades que pasará del 21 al 28 % y ha dicho abiertamente que está a favor del impuesto mínimo global actualmente en debate en varios países y que están fomentando los organismos internacionales.

La nueva visión de Biden es la vieja visión de John Maynard Keynes, la antigua fórmula de abrir y cerrar pozos para contratar gente, generar empleo, dar ingreso, dinamizar el consumo y reactivar el círculo empresarial; generar un círculo virtuoso que después, como la propia literatura económica advierte y la realidad lo ha demostrado, traerá aparejados en el mediano plazo períodos de inflación y de sobrecalentamiento económico.

Algunos organismos internacionales empiezan a alertar que la recuperación económica en varios países, primordialmente en Estados Unidos, puede conducir a una nueva época inflacionaria… indeseable por supuesto.

La situación del empleo es igualmente preocupante… todavía no se tiene todo el mapa completo, ni certero, de todos los puestos laborales destruidos, un porcentaje importante no volverán a restituirse porque la economía digital ha dado un tirón acelerando los tiempos a su favor.

Esa consecuencia socioeconómica dejará muchas grandes urbes con una creciente masa de personas en edad de trabajar que prácticamente quedarán fuera de la economía formal: o se vuelven autónomos legalmente o permanecerán en el autoempleo de manera subterránea, lo que implica ahondar una serie de distorsiones que ya de por sí vienen padeciendo determinadas economías donde la informalidad es bastante gruesa.

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