La Voz de Trueno

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Con sus debidas y muy escasas excepciones, México ha sido “El País de un solo Hombre.” ¿Quién se atrevía a desafiar la voz de trueno de un Huey Tlatoani, “el gran orador”, “el que manda” y podía disponer de la vida y de las tierras de los gobernados, como correspondía a un ser omnipotente que ejercía un poder absoluto sobre sus súbditos, los mismos que “barrían el suelo por donde había de pasar y colocaban mantas para que no pisase la tierra.”?

La poderosa voz del virrey también era incontestable, porque constituía la base del poder absoluto del sistema monárquico español en la Nueva España. Justo es reconocer que se gobernaba en el siglo XVI, tal y como acontece en la actualidad, de acuerdo al concepto: “Obedézcase, pero no se cumpla”, de conformidad con la antigua tradición castellana que hoy entendemos como un total desprecio por la ley con sus patéticas consecuencias.

En el siglo XIX la voz más sonora fue la de Santa Anna, un pintoresco cacique veracruzano, frívolo y traidor, quien, con sus relativas interpretaciones, regresó 11 veces al poder, mientras la sociedad, apática y generosa lo premiaba con enormes cuotas de poder a título de compensación por haber perdido una pierna en la Guerra de los Pasteles. Menudo monumento tendríamos que haberle erigido al artillero francés que disparó contra el tirano si hubiera subido un poco más la boca del cañón para hacer blanco en la cabeza del llamado “Visible Instrumento de Dios”, un pillo que también acabó por mutilar y destruir a la nación.

En lontananza se escuchaban las voces de caciques y de caudillos, además de la de Maximiliano y la de Juárez durante la Intervención Francesa y, mucho más, la de éste último a lo largo de la afortunada Restauración de la República, pero surgió otra voz estentórea y autoritaria, la de Porfirio Díaz, un nuevo dictador, el enterrador del movimiento liberal mexicano del siglo XIX. ¡Pobre del defensor de la libertad de expresión que criticaba al “Llorón de Icamole” porque, sin juicio previo, iba a dar a la fortaleza de San Juan de Ulúa, en donde al morir con los pulmones podridos, su cadáver era enterrado en las playas veracruzanas para ser devorado por los cangrejos o por los tiburones jarochos, si sus restos mortales eran arrojados al mar.

La revolución mexicana sirvió para centralizar aún más el poder o no sirvió para nada, salvo para ahogar la voz promisoria de Madero, un candoroso político norteño incapaz de entender a Maquiavelo cuando sostenía que “la política es el arte de engañar.” Surgió la voz de Carranza apagada a balazos en Tlaxcalantongo para escuchar, a continuación, la surgida del pecho de los integrantes de la diarquía Obregón-Calles, decidida a suprimir la libertad y la democracia a sangre y fuego en un país de reprobados y de marginados.

Acto seguido, los herederos de dicha diarquía, los nuevos virreyes sexenales, los titulares de la Dictadura Perfecta, en abierta complicidad con la sociedad mexicana, continuaron con el proceso de destrucción de nuestra democracia, al organizar conjuntamente quinielas para adivinar la identidad del nuevo ”Tapado.”

Hoy en día, la voz surgida de la garganta de LO, la escucha una nación inerte que, en su aletargamiento o cobardía, no protesta masivamente ante la inadmisible devastación institucional, política, económica, social, cultural y sanitaria de un México estrangulado por la 4T. La voz, antes retumbante del presidente, empieza a perderse entre el poderoso coro de valientes gobernadores, quienes abandonados financieramente a su suerte, no pueden atender las apremiantes necesidades de una población harta de promesas populistas. En Tamaulipas, el pueblo bueno, víctima del luto, del desempleo, del hambre y del crimen, impidió con expresiones altisonantes que LO concluyera su discurso verborreico, sin olvidar que en otras entidades ni siquiera se le ha permitido apearse de su automóvil blindado para pronunciar unas palabras apenas audibles por la ruidosa protesta popular, cuya fuerza quedó demostrada electoralmente en Coahuila y en Hidalgo. La voz del trueno, para la buena fortuna de México, va perdiendo, día con día, más y más decibeles…

@fmartinmoreno

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