Las reservas no se tocan

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No es la primera vez que la idea descabellada de echarle la mano a las reservas internacionales se pone en la palestra; otras voces también lo intentaron en sexenios pasados. Por ejemplo, cuando gobernó el presidente Vicente Fox (2000-2006) mucho se masculló la idea de qué hacer con la creciente acumulación de reservas que en el año 2005 alcanzaron 68 mil 669 millones de dólares en manos del Banco de México.

Hubo alguno que otro alquimista que propuso utilizar “parte” de esas divisas en dólares para financiar programas sociales, que son precisamente el lumen de la corrupción: el monolito de la solidaridad gubernamental para los más desprotegidos pasa porque, de cada diez pesos, nada más tres son entregados a la gente en programas sociales y el resto pasan a los bolsillos de los funcionarios públicos.

No, no hubo financiamiento de programas sociales con las reservas internacionales; lo que sí sucedió es que se creó un mecanismo para utilizar una parte y los vencimientos de la deuda externa a fin de reducir un poco su principal.

Ahora, doce años después y a punto de que Andrés Manuel López Obrador asuma la Presidencia, en lo que será el primer gobierno “socialista” de México en la historia de su democracia moderna, algunos legisladores vuelven a remover las aguas y se preguntan qué hacer con las crecientes reservas internacionales.

A la primera semana de noviembre, el saldo de estas se ubicó en 173 mil 633 millones de dólares; por supuesto que es un monto histórico, nunca el país había acumulado tal nivel de activos siendo además un gran alivio para una nación que llegó a perder la liquidez y la solvencia varias veces para hacer frente al pago de sus compromisos financieros con el exterior y, por supuesto, para fungir como aval del peso y darle soporte a la moneda mexicana.

Muy dolorosas fueron las sangrías de 1976, 1982, 1986 y, la peor de todas, la de diciembre de 1994… y México siempre terminaba hincado pidiendo empréstitos ante el Fondo Monetario Internacional (FMI) y otros acreedores internacionales, hasta tocó la puerta del Tesoro de Estados Unidos.

Las reservas internacionales existen como soporte, garantía y aval del país azteca ante sus compromisos externos; deberían ser mucho mayores que el nivel de las importaciones que asume la economía anualmente.

De acuerdo con información del INEGI, el saldo de las exportaciones en 2017 fue de 409 mil 494.2 millones de dólares, mientras que el monto de las importaciones cerró en 420 mil 369.2 millones de dólares.

Esto es al día de hoy; las reservas internacionales alcanzan para cubrir únicamente un 41 % del saldo de las importaciones de la balanza comercial del país.

No podemos darnos por satisfechos, mucho menos en un mundo voluble, con una geopolítica espinosa a la que el propio presidente francés Emmanuel Macron ha calificado de “parecerse demasiado al periodo entre guerras”; se refiere, por supuesto, a la etapa endémica después de la Primera Guerra Mundial y antes de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, más que nunca, no podemos darnos por bien servidos con las reservas y una geoeconomía incierta. Ninguna predicción es fiable ni siquiera en materia energética; sabemos cómo estará el panorama dentro de seis meses dado que hay muchas variables activas y en juego.

A COLACIÓN

Hace unos días, el diputado Benjamín Robles Montoya, del Partido del Trabajo, propuso “modificar el marco jurídico de la institución bancaria para ampliar sus objetivos y destinar parte de las reservas internacionales al crecimiento económico y combate a la pobreza”.

Robles Montoya pretende lograr un consenso legislativo a fin de presentar un decreto de ley que reforme el artículo 2 de la Ley del Banco de México.

Yo, como economista, me opongo a que sea modificado el papel central de esas divisas acumuladas, que, insisto, no son demasiadas ante los enormes compromisos foráneos del país azteca y son nuestro aval de última instancia; no podemos permitir que terminen corrompidas.

Para los programas sociales está el presupuesto y para el combate a la pobreza está la política fiscal, la política económica y una buena gestión que permita reducir la pobreza, no vía subsidios o transferencias monetarias condicionadas, sino vía empleo formal, fijo y bien remunerado. Sería un gran error poner las remesas al servicio de un grupo en el poder; estas tienen su función esencial y deben estar despolitizadas.

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