Leonardo da Vinci a medio milenio de su muerte

Leonardo da Vinci a medio milenio de su muerte

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[En este 2019 se conmemoran los 500 años del fallecimiento del artista italiano Leonardo da Vinci, razón por la cual la UNAM en su Palacio de la Autonomía, sitio en el Centro Histórico de la Ciudad de México, se exhibe la exposición ?desde el pasado 11 de diciembre? Da Vinci Experience en una muestra organizada por la empresa europea Crossmedia Group con la curaduría de Roberta Barsanti. Y esta sección Cultural no podía dejar de celebrar a este gran creador plástico…]

 

Un laberinto, sí, fascinante, pero siempre indescifrable. Así es Leonardo da Vinci. Y eso es quizá lo que tanto encanta. Basta con abrir una puerta a su pensamiento, a su obra, a su época (a su nombre o su figura, incluso) para que cualquiera desee extraviarse en su grandeza y en su brillo. Entonces, si existe la posibilidad tecnológica de hundirse (al menos virtualmente) en una porción de lo que el gran Leonardo significa, no queda más que entregarse a esa posibilidad. Como ahora, que nuestra Universidad Nacional ha traído la muestra Da Vinci Experience.

Sí, claro, el nombre tiene que mantenerse en inglés para que el viaje futurista al pasado (cinco siglos atrás) suene ultranovedoso: un videomapping para conocer la vida y la obra del genio con imágenes proyectadas en suelo y paredes más música envolvente; una decena de máquinas ideadas por Leonardo y construidas a escala real; la zona de realidad virtual para soñar despierto que se vuela por la Florencia renacentista usando, por ejemplo, máquinas como el Ornitóptero, que imita el diseño de las alas de los pájaros, o el Tornillo Aéreo, predecesor del helicóptero moderno.

Sin duda, al Leonardo que más se recuerda es al pintor. Y es quizás La Gioconda, con su enigmática sonrisa, la única obra en la historia del arte que emite el mismo brillo, magia y misterio que su autor, al grado de confundirlos. Se dice de él, de Leonardo, que fue anatomista, inventor, arquitecto, ingeniero, escultor, músico, poeta, urbanista, cantante e improvisador de coplas extraordinario, botánico, paleontólogo, astrónomo y un filósofo natural (como se denominaba al científico de su época) que se adelantó a su tiempo en campos como la mecánica y la óptica.

Pero todo esto —que no hace más que remitirnos al uomo universale, al sabio que abarca y domina diversas disciplinas, al genio renacentista— lleva a que nos perdamos una de las visiones más bellas de él, de su singularidad en la historia humana: con Leonardo da Vinci (1452-1519) nace y muere el hombre total: aquel que conjuga en sí mismo las tres características (después de la palabra) más elevadas que nos distinguen del resto de los animales: arte, ciencia y espiritualidad; consiguiéndolo, además, en perfecta armonía consigo mismo y con la naturaleza.

 

El hombre como creador

Da Vinci encarna la síntesis del periodo bautizado como Renacimiento (que va de los siglos XV al XVI) y permite ver, con ello, que más que una época de transición entre la Edad Media y la Edad Moderna occidentales, el Renacimiento es la gestación, desarrollo y desaparición de una forma de ser humano —que no existía antes (y que no existirá después)— capaz de razonar, sentir y actuar sin límite y, por lo tanto, de expresarse en todas sus posibilidades.

Un ser humano que por primera vez es consciente de sí mismo, de sus horizontes ilimitados, de su grandeza, de su pertenencia e integración al universo y a la naturaleza y, por lo tanto, de su cercanía a la divinidad creadora. Tanto, que a punto está de tocarla, según nos muestra Miguel Ángel en su fresco La creación de Adán (c. 1511), cumbre renacentista pintada en la Capilla Sixtina, en el Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano. Sin embargo, el siglo XVII se encargará de socavar este ideal, mientras finge seguirlo bajo la forma de un conocimiento generado por personajes que el siglo XIX llamaría “científicos”.

A diferencia de ellos —de estos científicos con habilidades deslumbrantes y talentos que empujan el conocimiento en áreas como la física y la matemática, sobre todo—, Leonardo representa, en sí mismo, toda una forma de ser en la que caben y se cruzan y convergen y se funden sutilmente (casi se diría estéticamente) el arte como la máxima cualidad humana; el conocimiento matemático, metódico, empírico, profundo y humanista de la naturaleza y del hombre, es decir la ciencia como una forma de conocer, integrarse, reinterpretar y reproducir el mundo; y la convicción de que todo lo que existe en el cosmos guarda energía, está vivo y, por lo tanto, se transforma, fluye… o sea, la espiritualidad, lo místico, como característica distintiva de la humanidad.

Para Leonardo, el hombre es creador. Pero no sólo un creador capaz de levantar enormes y poderosas civilizaciones —como lo habían demostrado Egipto, Babilonia, Grecia o Roma—, sino un creador capaz de comprender la naturaleza y las cosas desde sus componentes más elementales, de advertir la manera en que cambian y representarlas.

Desde esta concepción acomete, por ejemplo, cada una de sus pinturas: con estudios previos sobre la anatomía, el movimiento, los gestos, las emociones, el organismo, la energía y la fuerza, que se advierten en obras como La Última CenaLa dama del armiño, San Juan BautistaLa Virgen de las RocasRetrato de un músicoVirgen con el Niño y santa AnaAdoración de los Magos y (quizá) Salvator Mundi (este último cuadro, por cierto, que apenas le fue atribuido por especialistas en 2011, fue vendido en noviembre de 2017 por unos 450 millones de dólares, algo así como ocho mil 500 millones de pesos, lo que lo convierte en el cuadro más caro de la historia vendido en una subasta).

 

Sabedores excelsos

La Época Moderna se dice heredera del Renacimiento, pero esto es verdad en un sentido muy limitado: la Modernidad reproduce los valores más simples y prácticos del Renacimiento; la mayor parte de ellos, los fundamentales, ya presentes, por cierto, en el gran Leonardo: la observación atenta, minuciosa y guiada por una teoría (hoy diríamos por una hipótesis), el análisis (o fragmentación) de la realidad, la repetición de experimentos y las matemáticas como base de toda certeza.

Y aunque para el propio Leonardo las matemáticas son la base de toda certidumbre, pues no se discuten y frente a ellas, apunta, “todo argumento es reducido a eterno silencio”, se niega —y he aquí una de las grandes diferencias con relación a lo que está por venir— a emplear los números y su precisión para dictar leyes y principios generales, contrario al modo tradicional de ser de la ciencia moderna.

Es precisamente por su negativa a generalizar, dice el profesor e intelectual español Luis Racionero en el libro Leonardo Da Vinci, que este genio fue marginado de la ciencia oficial: “Sus dibujos demuestran que observó, de hecho, la circulación de la sangre, pero no la formuló como principio; tampoco propuso una teoría de la evolución, aunque sus notas de anatomía comparada y sobre fósiles indican que la tenía in mente. Tampoco sistematizó los tres principios de la mecánica newtoniana, que él había experimentado y definido cien años antes que Newton”.

 

500 años después…

Lo que hace, en efecto, diferente a Leonardo (y por supuesto distancia al pensamiento renacentista del pensamiento moderno) es que no trata de proponer como verdad el conocimiento de una pequeña parte de la realidad, por más metódico, profundo y verificable que sea este conocimiento. Para Leonardo la realidad es más que la suma (y comprensión) de sus partes, pues, en principio, el observador mismo no es una entidad ajena a lo observado. Hombre y realidad, hombre y naturaleza forman un mismo flujo. De este mismo modo —hay que insistir— no puede verse a Leonardo como una suma, como una acumulación de conocimientos por más extraordinarios y admirables que sean.

Para Leonardo, como para el pensamiento renacentista, el arte, la ciencia y la espiritualidad son inseparables. Más aún, como acción creativa —¡ojo!— la ciencia está supeditada al arte. En la citada biografía sobre Leonardo, Luis Racionero escribe: “El método de Leonardo es, pues, un método generativo, y como todo acto de generación implica dos aspectos: atracción y fusión; es decir, conocimiento y composición. Leonardo quería entender la naturaleza para imitarla; pero imitarla no copiando las formas exteriores, sino reproduciendo sus actos generativos que hacen germinar las obras desde dentro; quería entenderla analizándola e imitarla creando; lo primero es ciencia, lo segundo arte; y ambos, en Leonardo, una y la misma cosa. Unidos indisolublemente, ciencia y arte forman el método de conocimiento generativo: entender para crear, componer conociendo”.

La Modernidad no resulta, pues, como se ha creído, heredera legítima del Renacimiento. A 500 años de su fallecimiento, Leonardo da Vinci nos muestra lo distantes que estamos de sentirnos continuadores de una forma de ser, la forma renacentista. El Renacimiento está presente en la cultura contemporánea sólo como un recuerdo, no como una posibilidad.

Leonardo es, en efecto, un laberinto fascinante, pero, como tal, es también una totalidad. El laberinto no puede existir en partes. Esto significa que no hay, por un lado, un Leonardo artista, por el otro un Leonardo inventor y, más allá, un Leonardo místico, misterioso, mágico, espiritual. Leonardo no es tampoco un conjunto de piezas desperdigadas por famosos museos. Mucho menos un lugar para que eruditos de todo el mundo se regodeen. Es la representación de la totalidad que conforma el universo renacentista.

Él —sus obras, sus escritos, su figura, sus ensoñaciones, su ánimo, sus claroscuros, su evolución, su trascendencia— y la cultura a la que dio vida el Renacimiento no tienen un principio ni un fin. Por eso toman la forma misma de quien intenta aproximarse a ellos, se difuminan no para desaparecer sino para confundirse con el curioso que asoma su mirada hacia ese mundo; se convierten, pues, en ese pensamiento que trata de comprenderlos. Quien cree conocer a Leonardo da Vinci porque sabe de él que fue un gran genio del Renacimiento, que dominaba muchas áreas del conocimiento, que representa al hombre universal y, desde luego, que pintó la Mona Lisa, puede estar seguro de que así es: lo conoce.

No perder de vista la totalidad del hombre renacentista nos lleva, tarde o temprano, a apropiarnos de forma casi natural de Leonardo, de su legado y de su época, para formar parte, ahora sí, de su herencia. Con esto en mente hay que navegar por la Da Vinci Experience, que de lunes a domingo, entre las 10 y las 19 horas, se ofrece desde hace unos días y hasta el 16 de febrero de 2020, en el Palacio de la Autonomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (Lic. Primo Verdad 2, Centro Histórico de la Ciudad de México).

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