Libertad de expresión

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Existen, por lo menos, cuatro categorías de libertad de expresión: la profesional, la académica, vox populi y la política. Defino que la expresión profesional se refiere a la comunicación o periodismo. La única limitante en este terreno, en México, es la mentira. En Estados Unidos es la ausencia de pruebas. En ambos casos es delito. En nuestro país pocos destinatarios de difamación recurren a la ley para castigar al comunicador o periodista por su falta de ética. En Norteamérica es recurrente la demanda. De acuerdo a la ley constitucional, la libertad de expresión solo se castiga cuando se hace pública la vida privada. Sin embargo, el sector conocido como “espectáculos” es muy dado a ventilar su vida privada para ganar notoriedad. En la mayoría de las notas ellos mismos provocan “esos escándalos”. En lo educativo se permite esa libertad de expresión, sin caer en expresiones groseras o altisonantes. Aquí más bien se ubica en las diferentes maneras de dar a conocer un acontecimiento. Es decir, a la libertad que posee el profesor para manifestar su ideología. Para evitar ser preso de una ideología -de cualquier espectro del abanico- es que el estudiante lea diferentes textos para que al final el mismo alumno decida qué posición tomar.

Desde la posición ciudadana se puede decir, expresar lo que se piense, ya sea en voz baja o alta. Sin interferir en los derechos de terceros, los cuales también pueden decir lo que sienten o piensan. Esta visión es muy parecida a la profesional, con la ventaja de esta de que la puede hacer extensiva a través de medios impresos o electrónicos. Y por último, la libertad de expresión política. Esta manifestación se puede escuchar en los recintos parlamentarios, ya sea como diputado o senador. También la hemos percibido en funcionarios públicos o en el presidente. Abordo a quien dirige al país. En los últimos años hemos escuchado al presidente casi todos los días (faltan los fines de semana). Y ha recurrido, en varias ocasiones, a la mentira. También, ejerce su poder frente a medios de comunicación. A lo cual tiene derecho. Se percibe que lo que dice y hace es verdadero. Si alguien lo contradice, parecería un delito, porque, entonces, usa los adjetivos. Nos guste o no, es su libertad de expresión. Ha sostenido, el Poder Ejecutivo federal, que no censura. Y evidentemente no lo ha hecho de manera directa, sino que presiona a dueños de algunos medios para que despidan a colaboradores incómodos. Lo hace con reducirles o quitarles publicidad gubernamental. También está en su derecho.

No puede presionar a medios de comunicación que han logrado su independencia económica del Gobierno federal. Como es el caso de Reforma, El Heraldo, El Financiero y El Economista. Por ello critican con pruebas lo que no hace bien el Gobierno federal. Es decir, son un poder comunicacional autónomo. En este mismo nivel Google ha presionado o censurado al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, porque consideran que miente o está alterando la paz pública. No es que tenga razón Google. No. Lo que tiene es el poder de publicarle o prohibirle. El presidente mexicano usa su poder desde donde se ubica con el discurso de “se deja ejercer la libertad de expresión”. Porque no ha encontrado otro poder superior a él para limitarlo. Es en este sentido que clama no estar de acuerdo con inhibir la libertad de expresión a Donald Trump, quien se lee, políticamente, es su amigo. Con esa lectura se ha quedado el equipo del nuevo presidente Joe Biden y todavía no le invitan a la toma de posesión. Espero y el nuevo gobierno norteamericano no se ensañe con nuestro país, solo por ejercer su poder

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