Monsiváis en Guerrero

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1982. Deambulaba Carlos Monsiváis en las afueras de la estación de autobuses Estrella de Oro.

En aquel entonces enfrente de lo que hoy es la tienda Parisina.

Me acerqué para preguntarle a dónde iba. Estaba solo, diría abandonado.

Preguntó ¿dónde se encuentra el auditorio Juan R. Escudero de la universidad?

A dos cuadras, le contesté.

Vio su reloj y habló en voz alta: Faltan dos horas. Agregó “¿dónde hay librerías, aquí en Chilpancingo?”

Conozco dos, le dije. Con la de la universidad son tres.

¿Me puedes llevar?, inquirió.

Y fuimos a la calle Cinco de Mayo. Ahí estaba una papelería librería. Encontró dos libros.

Vamos a otra, añadió.

Nos dirigimos al centro, sobre avenida Alemán. Otra librería papelería y no compró nada. De aquí nos fuimos a Nicolás Catalán. En una esquina del Edificio Docente. La librería universitaria. Adquirió tres libros.

Ya habían pasado dos horas, aproximadamente. Llegamos al auditorio.

Todo el trayecto lo realizamos a pie.

En su exposición, Monsiváis dijo que la UAG era una secundaria grandotota. Una descripción de lo masiva y de calidad, en una frase.

Meses después fui a la librería Gandhi en la Ciudad de México. Estaba parado frente a la glorietita de avenida Universidad y Miguel Ángel de Quevedo. Allí iba Monsi, montado en un taxi. Atisbó su mirada y me levantó la mano para saludarme.

Qué memoria. Qué capacidad interpretativa. Un ávido lector. Escrito complejo, pero cuando se le entiende es aguda su sátira.

 

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