Nuestra extraña civilidad

Nuestra extraña civilidad

Comparte con tus amigos










Submit

El diccionario Oxford define a la Civilidad como: “El comportamiento de la persona que cumple con sus deberes de ciudadano, respeta las leyes y contribuye así al funcionamiento correcto de la sociedad y al bienestar de los demás miembros de la comunidad”. Y sin embargo, en nuestro país exigimos en los demás lo que no estamos dispuestos a considerar con un problema que también nos atañe, es decir, pedimos en los demás lo que nosotros no podemos cumplir y ejemplos de eso hay muchos.

El primero de ellos es la indisposición de votar, que aparece en la Constitución como derecho y como obligación. En el artículo 35 fracción I aparece como derecho y en el artículo 36 fracción III aparece como obligación; más adelante, en el artículo 38 y fracción I, se refiere a que los derechos y prerrogativas de los ciudadanos se suspenden “por falta de cumplimiento, sin causa justificada, de cualquiera de las obligaciones que impone el artículo 36. Esta suspensión durará un año y se impondrá además de las otras penas que por el mismo hecho señalare la ley”. No obstante, esta advertencia y la sanción no se han aplicado porque las elecciones se llevan a efecto cada tres años.

Según las estadísticas históricas, por lo menos la mitad de los ciudadanos pudo haber sido amonestada en los últimos procesos electorales, porque tal es la ausencia de personas a las urnas, argumentando cualquier tipo de pretexto. Sin embargo, ese porcentaje de abstencionismo es más valorado que los esfuerzos de quienes sí participan en los comicios.

Los que votan por el partido A enjuician severamente a los que sufragan por el partido B; a su vez, los del partido C hacen lo mismo contra los de los partidos A y B, pero ninguno juzga a los abstencionistas y curiosamente son respaldados hasta por aquellos por los que votan como una mejor decisión, porque “todos los partidos son iguales”, suena incongruente pero así resulta ser.

Otra extraña forma que se presenta de nuestra civilidad cuando se pide la participación ciudadana para cuidar las urnas y evitar un presunto futuro fraude; sin embargo, los ciudadanos que resultan sorteados para fungir como funcionarios de casilla se niegan en muchos casos también arguyendo la desconfianza de nuestro sistema electoral, en lugar de aceptar para ser testigo y parte de la forma en que funciona la recepción y el conteo de los votos.

Porque en torno a una mesa directiva de casilla hay ciudadanos como cualquier otro, y aun cuando sean simpatizantes por algún candidato o partido, se encuentran rodeados de otros ciudadanos que también tienen sus simpatías que pueden coincidir o no, pero que resultaron ser funcionarios de la casilla, además de los representantes de los diferentes partidos políticos. Los funcionarios de la mesa directiva de casillas no son funcionarios del Instituto Nacional Electoral (INE), sino ciudadanos que son pares con aquellos que acuden a sufragar.

No obstante, hay ciudadanos que acuden a presionar, a juzgar a los funcionarios de casilla como si ellos hubieran hecho los reglamentos electorales, que ni siquiera la estructura del INE reformó; en cambio sí lo hicieron aquellos que tal vez vuelvan a competir por el mismo cargo, o los demás que se someten a disputa.

En todas estas muestras de incongruencia cívica hay una todavía más: La exigencia de que trabajen, es decir que cumplan con sus obligaciones; cuando los críticos no ejercieron la su propia responsabilidad a la hora del voto.

Es claro que el voto no es la única forma de ejercer el carácter de ciudadano, pero sí es la principal y la que menos costo tiene para quien acude a sufragar. Hay otras formas de mostrar el interés por la cosa pública, como opinar, respaldar, criticar y exigir, pero la exigencia deberá ir acompañada con la participación y la movilización. De lo contrario no hay conciencia cívica.

Comparte con tus amigos










Submit