Punto de vista

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Insisto en que pretendo rescatar la libre expresión, pensamiento y marcado generacionismo; sin prebostes intenciones.

El infierno es (o era) uno de los mil fraudes de la Iglesia para enriquecerse, amenazando con él a desdichados, quizá moribundos, quienes creían comprar un rescate cediendo una parte de sus bienes, con perjuicio frecuentemente de sus propios hijos. Así es como se explican las inmensas riquezas que acumuló la Iglesia, llegando a poseer, por ejemplo, casi la mitad de toda la propiedad de una nación. En cuanto al Purgatorio, no vale la pena referirnos a él. En todas las escrituras no hay absolutamente nada que pueda traducirse por Purgatorio, siendo una invención especial de la Iglesia Romana, razón por la cual las demás iglesias “cristianas” no lo admiten. El Purgatorio se inventó en el siglo XII, y su objetivo, así como el de las indulgencias, que fueron inventadas al mismo tiempo, es tan claro y conocido, que no se necesita explicación, que lo único que sacan de los creyentes es dinero.

Muchos hay todavía —sobre todo ignorantes— que dicen ser necesaria la fábula del infierno para contener al pueblo, quien sin ese temor se lanzaría a los últimos excesos. Si, por una semana quedaran en suspenso policía y tribunales —ahora sí lo están por la pandemia—, sin que nadie fuera responsable por los delitos que durante ese tiempo cometiesen, veríamos lanzarse al robo y al asesinato, no clases ilustradas que se ríen del diablo, sino el pueblo ignorante, las clases fanáticas, para quienes el Infierno es una cosa fuera de duda. Al hombre le retiene en el buen camino el honor, la honra, el deseo de obtener y conservar el aprecio de los demás; al que no, el temor del castigo, no en el otro, sino en este mundo.

En las Sagradas Escrituras nos cuenta Moisés que, en el huerto del Edén, o sea, en el paraíso, en el que su Dios Jehová colocó a Adán y Eva, había un árbol llamado “el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal”, al cual su Dios les prohibió tocasen, asegurándoles que el día que lo hicieran, ‘morirían’ (Génesis, Cap. II, versículo 17). A pesar de eso comieron de él, y por su desobediencia los hombres (mejor dicho, esos seres) mueren y tienen que ganar el pan con el sudor de su rostro (“Génesis”, Cap. II, vers. 19). Lógicamente, si Adán y Eva no hubiesen desobedecido, seríamos inmortales, y la tierra produciría todo sin necesidad de que nosotros sembrásemos nada. (Todos contentos; esa especie de árboles desapareció milagrosamente).

El objetivo que Moisés se propuso con esta fábula, es doble; primero, el que los hebreos no hicieran responsable a su Dios por lo mal que ellos, lo mismo que todos nosotros, la pasamos en este mundo, arguyendo que la “culpa” la tenemos nosotros mismos, porque si Adán y Eva no hubiesen pecado, todos seríamos felices. De esto se sirven los doctores de la Iglesia para decir que, como Dios no puede hacer nada que no sea perfecto, hizo perfectos a los primeros hombres, y ellos mismos, por su desobediencia, se hicieron infelices. A los sabios doctores se les olvida explicarnos, siempre que hablan de esto, “¿cómo si los primeros hombres eran perfectos, pudieron desobedecer a su Dios?”. En ese caso, algo falló.

Moisés dijo que todo el que se ocupara en analizar la religión sería castigado con la muerte; pero los doctores de la Iglesia no se han contentado con eso, sino que han inventado el Infierno para amenazar con él a los curiosos (seguro que como yo) y, mientras pudieron, empezaron los tormentos desde aquí, quemándolos vivos. Pues bien, nosotros, que no somos “la serpiente astuta” de que habla Moisés (“Génesis”, Cap. III, vers. 1), vamos a hacer comer del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, repitiendo las propias palabras que el escritor de esta parte de la Biblia pone en boca de la serpiente: “No moriréis, el día que comiereis del Árbol de la Ciencia serán abiertos vuestros ojos y seréis como dioses, sabiendo del bien y del mal (“Génesis”, Cap. III, vers. 4 y 5). O lo que es lo mismo: “No irás al Infierno. Mas saben los doctores de la Iglesia que el día que conozcas lo que son sus Sagradas Escrituras serán abiertos tus ojos, y serás como ellos y sabrás que su religión es falsa”.

Es evidente que la Biblia no ha sido escrita por inspiración divina, porque, aparte de los desatinos científicos de que esta está llena, debido a la ignorancia de sus autores en astronomía, si fuese la palabra de Dios, no solo estaría todo tan claro que bastaría leerla para comprenderla, sino que, siendo obra de Dios, que supuestamente, es la claridad y la verdad misma, sería imposible toda duda acerca de lo que se dijese en ella. FIN.

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