Punto de vista pedagógico (Parte I)

Punto de vista pedagógico (Parte I)

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—Con admiración hacia mis maestros del CAM, 1993-1997—

LA EVOLUCIÓN DE LA PEDAGOGÍA NO SE TRATA, EN ABSOLUTO, DE PARTIR DE CONSIDERACIONES TEÓRICAS, SINO DE los mismos hechos que tarde o temprano las hacen necesarias. La primera y sorprendente constatación que se impone en el intervalo de treinta años es la ignorancia en la que hemos permanecido en cuanto a los resultados de las técnicas educativas. En 2020 (y en algunos años del siglo pasado), desconocemos lo que queda de los diferentes conocimientos adquiridos en las escuelas de primero y segundo grado después de cinco, 10 o 20 años entre representantes de los diferentes medios de la población. Pero nada se sabe con precisión sobre lo que queda, por ejemplo, de las enseñanzas de geografía o historia en la cabeza de un campesino actual de 30 años o sobre lo que un abogado ha conservado de los conocimientos de química, física o incluso geometría adquiridos en las clases universitarias.

SE HA DICHO QUE EL LATÍN (Y EL GRIEGO) ES INDISPENSABLE PARA LA FORMACIÓN DE UN MÉDICO (y de otros profesionistas), PERO PARA CONTROLAR UNA afirmación tal y para disociarla de los factores de protección profesional interesados, ¿se ha intentado alguna vez evaluar lo que queda de estas formaciones? Y, sin embargo, se ha exigido que se organicen controles de rendimiento de los métodos pedagógicos. Se dirá que la retención de los conocimientos no tiene relación con la cultura adquirida. Y la cultura que cuenta en un individuo particular ¿es siempre la que resulta de la formación propiamente escolar, una vez olvidado el detalle de los conocimientos adquiridos al nivel del examen final, o es la que la escuela ha conseguido desarrollar en virtud de incitaciones o intereses independientemente de lo que parecía esencial en la formación llamada básica?

Y EL EDUCADOR SE ENCUENTRA REDUCIDO A DAR SUS CONSEJOS SOBRE TEMAS TAN CAPITALES APOYÁNDOSE NO EN UN SABER, SINO en consideraciones de buen sentido o de simple oportunidad. Por otra parte, hay enseñanzas evidentemente privadas de todo valor formativo y que continúan imponiéndose sin saber si cumplen o no el fin utilitario que se les ha conferido. Esto, en casi todas las actuales escuelas. Se admite, por ejemplo, que para vivir socialmente es necesario saber ortografía (sin discutir aquí la significación racional o puramente tradicionalista de una obligación tal). Pero lo que no se sabe nunca de forma decisiva es, si una enseñanza especializada de la ortografía favorece, es indiferente o se hace a veces perjudicial para este aprendizaje. Algunas experiencias han mostrado que los registros automáticos debidos a la memoria visual conducen al mismo resultado, que lecciones sistemáticas: entre dos grupos de alumnos, uno de los cuales había seguido una enseñanza de la ortografía y el otro no, se dan “calificaciones equivalentes”.

SIN DUDA, ESTA EXPERIENCIA CONTINÚA SIENDO INSUFICIENTE AL FALTARLE LA EXTENSIÓN Y LAS VARIACIONES NECESARIAS; PERO ES casi increíble que en un terreno tan accesible a la experimentación y en el que entran en conflicto los intereses divergentes de la gramática tradicional y de la lingüística, el pedagogo no organice experiencias continuadas y metódicas y se contente con resolver las cuestiones basándose en opiniones que el “buen sentido” recubre, de hecho, más de afectividad que de razones efectivas. En realidad, para juzgar el rendimiento de los métodos escolares solo se dispone de los resultados de los exámenes con que se finaliza el periodo escolar y, en parte, de ciertos otros exámenes…

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