¿Qué hacer con el narcotráfico?

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Los acontecimientos de la semana pasada en los que se liberó a Ovidio Guzmán, hijo de Joaquín el Chapo Guzmán, provocó de nueva cuenta el escándalo sobre un hecho del que ni las autoridades, representantes del Estado, ni la propia gente que discute se han puesto de acuerdo. Aunque las voces que se expresan con mayor ímpetu son las de ciudadanos, el vigor o la fuerza con que lo hacen a favor o en contra son parte del vocerío de contexto.

Lo de Culiacán nos demuestra no solo que el Estado mexicano, ahora presidido por Andrés Manuel López Obrador, ha sido rebasado, aunque se argumente que es un problema que fue generado desde hace tiempo y, por lo tanto, no se puede resolver de la noche a la mañana. No se trata efectivamente de un problema que inició en su administración, pero también es definitivo que no sabe cómo actuar con el asunto.

Y eso es lo realmente preocupante con el asunto, que, desde 2006, Felipe Calderón Hinojosa comenzó con los operativos conjuntos de Michoacán, que fue el primero de los embates que después se conocerían como “La guerra contra el narco” y por lo cual ha sido duramente criticado, incluso por el propio López Obrador.

Tiene 13 años que comenzó la guerra contra el narcotráfico; han pasado, con este que transcurre, tres presidentes y todavía no se tiene claro el qué hacer. El asunto de la liberación de Ovidio Guzmán se circunscribe en ese contexto. El que algunos tachen al presidente de falto de valor y que van a ser los que aplaudan a Calderón Hinojosa por iniciar el combate al narco van a ser los contrarios a esa idea y van a ponderar el carácter humanista de López Obrador porque se privilegió una vergüenza pública.

Sin embargo, eso debe ser un debate más allá de la coyuntura política.

Ni los que apoyan una u otra idea están exentos de sufrir los embates de cárteles o grupos del crimen organizado, que ya no tienen solo como negocio principal la venta, producción y trasiego de drogas, sino otras que también les deja cuantiosas ganancias, como el secuestro, la extorsión, la trata de blancas…

Todos estos y más agravios se cometen en contra de la población, no sobre quienes detentan un cargo de autoridad y de diferente militancia partidista. Quienes son autoridad, de cualquier nivel y de cualquier partido, están muy bien resguardados, aunque no exentos de sufrir un ataque, pero no tan vulnerables como los ciudadanos de a pie.

Sin embargo, es en la población más vulnerable deslumbrada por el glamur donde se encuentra mayor simpatía por los líderes del crimen organizado. Las acciones que han cometido no los hace disminuir ni un ápice el respaldo social.

En 1978, el secuestro y muerte del primer ministro italiano, Aldo Moro, hizo prácticamente desaparecer al grupo izquierdista Brigadas Rojas por la pérdida de las simpatías populares al cometer ese hecho que conmocionó a la sociedad italiana.

Aquí, en México, la admiración y el respaldo social que reciben los cárteles del crimen organizado, que de alguna manera ha sido idealizado en las series que se exhiben en cadenas de televisión públicas o de plataformas de internet, se han incrementado y no se relacionan a las condiciones de inseguridad y violencia que hay en México con esos narcotraficantes idealizados.

Así, si los afectados por el crimen organizado no se ponen de acuerdo sobre el qué hacer con ellos, quienes han sido beneficiados por los pactos millonarios mucho menos. Lo de Ovidio es apenas una raya de un tigre.

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