¿Quién apagó la luz?

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¿Quién apagó la luz en el Gobierno federal, en el Congreso de la Unión, en los partidos políticos y también en las entidades federativas? ¿Quién? Nadie encuentra el tablero de mandos ni se identifica por ningún lado a los pilotos adiestrados para llevar la nave a buen puerto. El país va al garete, extraviado, siguiendo una perturbadora ruta de colisión. Los operadores, la mayoría de ellos descalificados e improvisados, chocan los unos contra los otros en la absoluta oscuridad culpándose anticipadamente del desastre que viene. A pesar del rumbo suicida que ha tomado la nación ignorando irresponsablemente el margen de maniobra con el que todavía se cuenta, aún así, en lugar de escucharse voces angustiosas de alarma, se oye, en cambio, un intenso intercambio de golpes seguido de epítetos altisonantes en la lucha por dar con el rumbo correcto. Los puestos de personal calificado se encuentran vacíos y los sustitutos desconocen el manejo profesional del aparato político. Las brújulas se perdieron al caer por la borda de buen tiempo atrás. Ningún miembro de la tripulación domina los instrumentos de navegación ni logra someter a los demás con un conocimiento superior. La experiencia no existe ni cuenta.

Los expertos fueron los primeros en ser barridos de la proa. La ignorancia dirige las operaciones entre carcajadas de horror. No hay quien reconozca sus limitaciones. En lugar de palabras se dan los empujones. En lugar de argumentos se dan los insultos. En lugar de las negociaciones para evitar el naufragio se dan los arrebatos, la expresión de las ambiciones más descastadas. La política ha fracasado junto con la exposición de razones. Las perspectivas han desaparecido del horizonte.

El presidente, supuestamente el capitán, perdido en el griterío, manda, a modo de solución, un proyecto de ruta tortuoso que, lejos de conducir la nave a buen puerto, solo complicará la ya, de suyo, difícil situación. En plena tormenta, en lugar de arriar las velas para oponer menos resistencia al viento, ordena que aquellas se desplieguen sin percatarse que puede provocar un percance catastrófico. ¿Por qué regalar dinero a los desposeídos en lugar de crear puestos de trabajo y fomentar la holgazanería? Si regalar dinero fuera la solución, todos los países desarrollados echarían mano del erario para comprar voluntades aun cuando no creara el bienestar prometido. Tiran por la borda los cabos, las posibilidades de rescate y de salvación. Ahoguémonos juntos. Muera la inteligencia; viva la muerte. El “jefe” dice que las empresas poderosas “rara vez pagan sus impuestos en forma correcta.” ¿Sabrá el dicho “jefe” que existe un equipo de mecánicos auditores federales que supuestamente están capacitados para evitar fraudes fiscales? ¿Por qué no audita a fondo a los gigantes que no pagan? ¿Por miedo a enfrentar otros poderosos intereses creados? ¡Que lea a Franklin Delano Roosevelt y aprenda a ser valiente! Franklin, ¿qué?

¿Quién apagó la luz? ¿Por qué no encenderla para diseñar una estrategia económica de largo plazo? ¿No hay quien la diseñe? ¿Ya se murieron los grandes economistas mexicanos? ¿Ya no hay estrategas? ¿Se pretende gobernar otra vez en el 2020 con recetas sacadas del bote de la basura hasta agotar la paciencia ciudadana? ¿Cuánto falta para que ésta se agote? ¿Cuánto falta para que el pueblo enfurecido vuelva a entrar con lujo de violencia en el Congreso de la Unión para echar a patadas a esos trogloditas que piensan en todo menos en sus representados y solo desean eternizarse en el poder con arreglo a la creación de más pobres? Todo parece indicar que en el 2020 asistiremos a un nuevo encallamiento de México en los arrecifes que ya deberíamos haber conocido.

El susto que nos llevaremos cuando finalmente prendan la luz en el Poder Ejecutivo federal y en el Congreso de la Unión solo para descubrir rostros desconocidos que ignoran los principios elementales de operación del aparato político cuando nos encontramos al borde de una gigantesca catarata.

Al analizar el origen del desastre debemos preguntarnos: ¿dónde acaba la culpa de los gobernantes y empieza la de los gobernados? ¿O existen las culpas absolutas?

 

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