Razones para defender al Estado laico

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¿Responde a una mera casualidad el hecho de que un senador, obviamente de Morena, como Américo Villarreal, también extraído del paleolítico tardío, proponga una iniciativa para reformar el artículo 3.º constitucional para acabar de un plumazo con el Estado laico, cuya existencia centenaria costó sangre, sudor y lágrimas a varias generaciones de mexicanos defensores de principios republicanos que finalmente nos extrajeron de la era de las cavernas? Justo es recordar que Peña Nieto presionó a la Comisión de Puntos Constitucionales de la Cámara de Diputados para que reformara el artículo 24 de nuestra Carta Magna de modo que cambiaran los conceptos “libertad de creencias y de culto” por el de “libertad religiosa”, un cambio, en apariencia, intrascendente, pero que intentaba desmantelar por completo el Estado laico, puesto que la incorporación del concepto de “libertad religiosa” estaba orientado a facilitar la impartición de educaciónreligiosa en escuelas públicas, la posesión de medios masivos de comunicación y la autorización para que el clero volviera a participar en asuntos de política electoral. 

Para revivir el tema anterior, escribió el senador Villarreal a golpe de cincel y martillo sobre una piedra mientras se acomodaba una piel de mamut que lo protegía del frío, “proponemos que el Poder Ejecutivo cuente con un Consejo Federal para el fomento de valores, formación cívica y cultura de la legalidad. Este Consejo Federal promoverá entre la población la cartilla moral comenzando por los destinatarios de los programas sociales del gobierno. Este será el primer paso para comenzaruna reflexión nacional sobre los principios y valores que contribuyan a la unidad entre los mexicanos y a una convivencia pacífica y respetuosa de la pluralidad y diversidad”. ¿Pensará este oscuro legislador que sus intenciones aviesas redactadas en un lenguaje críptico, enigmático y misterioso no son descubiertas por quienes somos vigías del laicismo en México?

Del texto de marras, escrito en caracteres primitivos, se desprende lo siguiente: “la iniciativa de ley que presento busca, en primer lugar, establecer un consejo que proponga y regule reglas éticas, morales y cívicas de convivencia con el principio básico de obligar a reflexionar a todos sobre las circunstancias, algunas de ellas muy delicadas, que atraviesa nuestro país”.

En este lenguaje retorcido y ambivalente se esconde un propósito deleznable: acabar con el Estado laico. Por esa razón, los pastores de la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas reunidas con AMLO informaron que “colaborarán en la difusión de valores entre los jóvenes que complemente la estrategia gubernamental de incorporarlos a la economía mediante el programa Jóvenes Construyendo el Futuro, además de que participarán en la distribución de la Cartilla Moral porque existen coincidencias con la difusión de los valores para orientar a los jóvenes para que no sean presas de ningún vicio”.

Las iglesias colaborarán con el Gobierno federal en la difusión de valores, por lo que pondrían a disposición la infraestructura con la que cuentan los 50 mil recintos religiosos y dispensarios médicos para que los jóvenes reciban en ellos “orientación espiritual sin religión”. Con ello, complementarían los esfuerzos gubernamentales de apoyarlos en su incorporación a la economía mediante tutores en el programa Jóvenes Construyendo el Futuro, tarea que se facilitará si a las iglesias se les concede el derecho de contar con concesiones de radio y televisión, por supuesto.

Lo que queda del Senado liberal de la República está obligado a rechazar esta iniciativa perversa orientada a promover el atraso de la nación y revivir un conflicto sangriento que México ha tratado de evitar día con día. Detengamos las manos de los asesinos del Estado laico, las de los abades encubiertos, las de los encapuchados de convicciones inquisitoriales, las de los morenistas camuflados de liberales cuando integran hordas de conservadores ultramontanos de extracción proclerical que ya combatimos con las armas en la mano durante los tres años aciagos de la Guerra de Reforma. Hagamos un debate público y responsable, pero no como las consultas desaseadas organizadas por AMLO para engañar con ideas falsas a los idiotas. ¿Cartilla Moral? ¿Constitución Moral? ¿Consejo Federal para el fomento de valores? ¿No es claro?

Que no se olvide el catastrófico daño que el clero católico ha causado a nuestro país cuando financiaba ejércitos, derrocaba gobiernos constitucionales, organizaba en las sacristías sangrientos golpes de Estado, revueltas, levantamientos, asonadas y cuartelazos en contra de gobiernos liberales cuando estos apuntaban en dirección a los bienes clericales. He ahí una de las razones de nuestra inestabilidad política y de nuestro atraso social. Se les olvida que la reacción nunca duerme. El clero católico convirtió a los púlpitos en tribunas políticas, controló el funcionamiento de los poderes públicos, así como las relaciones sociales y familiares; acaparó la riqueza en detrimento de la prosperidad social; utilizó los confesionarios para cuidar sus intereses políticos y económicos; concentró la educación entre ciertos privilegiados impidiendo la alfabetización y, con ello, atrasando temerariamente la evolución de la nación; organizó fiestas religiosas obligatorias para aumentar la recaudación eclesiástica y limosnas; se opuso al ingreso de extranjeros no católicos imposibilitando el flujo migratorio para poblar el norte de México, que habría de contener los apetitos expansionistas de Estados Unidos. El clero católico luchó con las armas en la mano en contra de la libertad de expresión, saboteó, con todo su poder económico, político y militar, cualquier avance liberal para lograr la separación Iglesia-Estado y se negó a permitir violentamente la libertad de cultos, conciencia y pensamiento. ¿Qué hubiera sido de nosotros como país si el raciocinio de la nación hubiera quedado en manos de los confesores?

Detengamos el avance de la reacción instalada ahora en Morena antes de que México vuelva a proyectarse en una espantosa involución de consecuencias impredecibles. México no puede repetir su historia como si no hubiéramos aprendido nada de ella.

Benito Juárez se hubiera muerto una y mil veces más no sin antes maldecir a AMLO.

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