Salidos de ultratumba para caer en el abismo

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El PRI es un partido que viene de ultratumba a experimentar una peor debacle que las de 2000. La hecatombe y mortandad del PRI y el PAN (desde luego, de los priistas y panistas) ahora tuvo su origen quizás en candidatos, gobernadores y en sus diputados que lógicamente ya no tienen el mismo poder de antes, pero también se debe al propio partido en lo general. Entre los gobernadores hubo quienes apoyaron abiertamente a candidatos a la Presidencia, pero también hubo, sobre todo gobernadores del norte de la República, que no apoyaron a candidatos. El señor del PRI no ganó en ninguno de los estados, ni siquiera en el de los gobernadores priistas, como Oaxaca, Campeche, Quintana Roo, Puebla, Veracruz, mucho menos en los estados de norte, donde se supone que el TUCOM era muy fuerte. Hasta allá perdieron, mandándolo a una tumba todavía más profunda que en 2000, cuando apareció el espectro dizque arrollador de Fox.

Ahora, ¿quién es el culpable del desbarranque del PRI? No son, desde luego, los gobernadores, porque perdieron en todos los estados y no solo con los que estaban en contra. Perdió porque no fue el hombre adecuado entre los aspirantes al cargo. Perdió por sus propuestas y por la propia campaña en la que durante seis meses no se pudo levantar. Ya, desde 2000, el PRI había cavado su tumba; ahora, simplemente es más profunda. Ciertamente, el PRI nació rozagante, lleno de vida, pero en 70 años, con el contagio de las infecciones de sus propias entrañas, se hizo achacoso, gastado, rancio y se convulsionó. Se acostumbró a sus muchas generaciones de discursos vanos, a la mentira, al fraude, al rastacuerismo, a la corrupción y a todas cuantas marrullerías pudo manejar durante tanto tiempo que pudrió sus entrañas. Al PAN también le fue como en feria.

Sin éxito para las cúpulas oportunistas, sin valores y absortos de poder, plagados de epónimos, de abyectos, advenedizos y turiferarios, sufren hoy, con marasmo, la consecuencia de aquella tan desleal actitud. El pueblo sigue cobrando la cuenta y el PRI y PAN, incluido el satélite PRD, no tienen para el cambio y seguirán endeudados con la comunidad. Después de las elecciones, conociendo los resultados, los unos, priistas altaneros y soberbios, se rasgan sus máscaras y vestimentas, encuentran discretos y silenciosos a los culpables inmediatos en sus propios dirigentes cuando otros hacen actos de contrición y oraciones jaculatorias arrepentidos de sus malignidades y otros más, trásfugas de sus propias conciencias, buscan acomodo con los antagónicos triunfadores, quienes los aceptan, más que por necesidad, para propiciar y precipitar el desmoronamiento de colosos y nimbados de otros tiempos. Hoy lamentan algunos de esos trásfugas haberse equivocado de partido. Se volvieron a quedar al garete quienes se cobijaron en el PRD, de donde, por supuesto, buscan salida sin encontrarla.

Se habla aún de valores y principios, de gran madurez, de acuerdos y, ¡oiga, usted!, hasta de cambios. Sí, cambios, pero entre ellos mismos, los cupulares, los ungidos, los del grupo selecto, los relevistas conocidos. Ahora habrá más luchas internas y pugnas aniquilantes seguidas de acuerdos y más acuerdos buscando la pócima que dé vida partidista, principalmente a sus dinosaurios, que hoy están ya en invernadero. Se cree que, de no ser por la pertinaz lucha de los tiempos recientes que han sostenido contra el sistema, contra el antiguo régimen y sus procedimientos, hoy no se hablaría de cambio ni de democracia, ya que esta no es de generación o surgimiento espontáneo. Fin.

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